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septiembre 03, 2023

LXXXV SAGRADAS FAMILIAS LGBTIQ+

Sobre Mateo 2, 13-15.19-23



En las familias —como en todo— es indispensable el amor. De un tiempo a esta parte se han producido intentos de apropiación de la familia y su concepto por parte de quienes no aceptan la posibilidad de que Dios también pudiera haber acampado en el corazón de otros modelos no “tradicionales” —por utilizar un término muy al uso.


Siempre me ha llamado la atención que la parte más conservadora y tradicionalista de la Iglesia no tuviera en cuenta la continua evolución de la familia desde los tiempos del nacimiento de Jesús e incluso generaciones anteriores. Cualquier manual básico de historia o de antropología ofrece para esa época un modelo de familia coincidente con el nacimiento de Jesús mucho más cercano al clan y a la tribu que a lo que podemos entender hoy por núcleo familiar de padres e hijos sin más. María y José difícilmente habrían salido adelante sin la ayuda de sus parientes, el conjunto de lazos de sangre que configuraban su clan, su verdadera familia.


Pero todo eso sería demasiado complicado de explicar a los destinatarios del Evangelio de Mateo. Por eso la imagen que ofrece el evangelista es la de una pareja que huye con su hijo a un lugar seguro, primero a Egipto, luego a Nazaret. 

Lo que vemos es lo que el evangelista quiere que sea el centro de la historia: los esposos, fieles el uno al otro y leales a Dios, cuidan de su bebé con la certeza de que en ese Niño está la promesa del Señor. Y en la escena llena de dramática ternura se palpa el amor, el cariño, el afecto, el quererse.


Singularmente el evangelista quiere hacernos ver que Jesús estaba integrado en una familia poco más o menos como otras, al igual que anteriormente (en Mateo 1, 18) nos mostró que Jesús provenía de un largo linaje que comenzaba en David, hijo de Abrahán y terminaba en José. Además destaca de forma muy visible el amor que se observa en la pareja y su confianza plena en Dios.

En definitiva, Mateo presenta a la familia de Jesús como paradigma de familia. Nadie creería en un Mesías que careciera de una historia fiable. 


Sin embargo, de un tiempo a esta parte se nos hace creer que lo importante es el nombre, el sustantivo, y no lo que significa profunda e íntimamente. Por ejemplo, la palabra familia se pervierte cada vez que se somete su alcance más intenso y perfecto a los adjetivos “tradicional” y “cristiana”. Quien afirme que la familia tradicional cristiana es el único modelo de familia válido se equivocará. Pero además estará excluyendo a otros modelos de familia creyentes que, con toda seguridad, son agradables a los ojos de Dios.


Cuando en el año 2005 la Conferencia Episcopal Española tomo la iniciativa (en la sombra) y  convocó la manifestación en defensa de la familia, me preguntaba constantemente qué estaría pensando el mismísimo Dios Padre y Madre sobre todo ese montaje. Recuerdo que el lema era “la familia lo primero”, y yo bromeaba diciendo: “y el amor al prójimo lo segundo, o lo último”.

En esa manifestación y sus secuelas se utilizó a la familia como arma arrojadiza contra otras “perversidades inmorales” que se hacían realidad en la sociedad española: el matrimonio entre personas del mismo sexo y el derecho a adoptar por parte de parejas del mismo sexo. En realidad nadie de los convocantes a toda esa movida de pancartas se iba a parar a desarrollar una pastoral seria, comprometida, evangelizadora, creativa, consecuente para trabajar los nuevos modelos de familia cristiana que estaban a punto de aparecer, sino que una vez más todos aprovechaban para satanizar a las personas LGBTIQ+, condenar al infierno al matrimonio igualitario y acusar de indecente y deshonesto al derecho de adopción, asegurando que esos niños serían cuando menos educados en el pecado y terminarían siendo homosexuales como sus padres.


De esa época guardo tristes recuerdos. Durante toda mi vida me avergoncé de ser homosexual y sufrí mucho para salir del armario. Pero por primera vez me avergonzaba de ser cristiano perteneciente a una Iglesia tan inmisericorde, y no encontraba palabras para que no se marcharan tantas personas LGBTIQ+ creyentes como apostataron durante ese tiempo, alejándose definitivamente.


Mientras escribo estas reflexiones recuerdo a algunas familias a las que conozco y amo profundamente. Son familias cristianas en las que el amor de la pareja ha hecho posible superar todos los obstáculos. En las que el respeto entre padres e hijos es una constante que genera confianza y fidelidad. En las que hay apoyo de unos hacia otros, incluso están atentos a las necesidades de otras familias creando lazos fraternales. En los que se crece en la fe, se confía en Dios, Padre y Madre de todas y de todos sin excepción.

Algunas de esas familias tienen dos padres o dos madres. No tengo la menor duda de que el Señor las guarda en su corazón como sagradas familias, igual que a las demás, igual que a la pequeña familia que iba camino de Egipto, después a Nazaret.

Negar eso es oponerse a la desconcertante, abrumadora y sorprendente creatividad de Dios.



Cuando se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: —Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Se levantó, todavía de noche, tomó al niño y a su madre y partió hacia Egipto, donde residió hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que anunció el Señor por el profeta: Llamé a mi hijo que estaba en Egipto. A la muerte de Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: —Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a Israel, pues han muerto los que atentaban contra la vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y se volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao había sucedido a su padre Herodes como rey de Judea, temió dirigirse allá. Y avisado en sueños, se retiró a la provincia de Galilea y se estableció en una población llamada Nazaret, para que se cumpliera lo anunciado por los profetas: Será llamado Nazareno.

septiembre 02, 2023

LXXXIV DIOS CON NOSOTR@S, TAMBIÉN CON LAS PERSONAS LGBTIQ+

Sobre Mateo 1, 18-24



1. JOSÉ


Seguramente por el persistente empeño en hallar razones para creer a lo largo de mi vida, siempre me he acercado a este pasaje del Evangelio de Mateo con los ojos de José.

Debió de ser un buen hombre. De otra forma no se entiende que, al darse cuenta de que su prometida estaba embarazada —evidentemente no de él— decidiera repudiarla en secreto sin denunciarla. 

Imagino lo frustrado y defraudado que estaría, su tristeza, su enojo, sus lágrimas. 

Sus ilusiones se disiparon inesperadamente. No podía aceptar como esposa a una mujer que había traicionado su confianza. Según la ley era una adúltera. Y él era un hombre religioso.

Seguramente se preguntó quién fue el hombre con el que María lo había engañado, buscaría mentalmente entre los hombres del pequeño pueblo, donde todos se conocían. Su cabeza no cesaría de girar incapaz de entender la razón por la cual ella había actuado así.


Cuenta Mateo que un ángel se le apareció en sueños. Le dijo que no temiese, que no tuviera reparo en llevarse a María con él, porque el niño que llevaba en su vientre había sido engendrado por el Espíritu Santo. Y añadió: «Dará a luz un hijo, y tú le podrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».

José despertó e hizo según le había dicho el ángel.


Aquí es donde José me sobrecoge y me emociona. Ya no es el hombre desengañado que apenas unas horas antes se dispuso a despreciar a María. Ahora es un hombre que cree en algo inaudito, inverosímil. Su fe le hace tomar una decisión que no imaginaba. Su fe le hace ir contracorriente. 


José fue el primer seguidor de Jesús, de la Nueva Alianza, sin apenas saberlo. Renunció a secundar la Ley, lo religioso, ya no solo no denunciando a María sino trayéndola consigo a su casa, creando el vínculo que haría posible el nacimiento del Mesías según lo anunciaron los profetas. 


2. MARÍA


Lucas en su Evangelio, cuando narra la anunciación, cómo el Espíritu Santo vendría sobre María y quedaría encinta, hace de la Virgen el centro de la historia proyectándola como elegida de Dios, bendita del Creador.

Mateo no es Lucas, y María en el pasaje que oramos no pasa desapercibida pero es un personaje que despierta compasión, una dulce ternura, un sentimiento de misericordia que me cuesta trabajo concretar, pero que no se parece a la María de Lucas sino a otra aún más vulnerable y por eso todavía más cercana.


María primero es la repudiada por José y luego la recuperada por la fe inesperada de su esposo que reconoce en ella a la madre del Salvador. 


Casi se me olvida que nada de lo que sucede, ni siquiera el testimonio de fe de José, habría sido posible sin la confianza en Dios de María, cuando responde al ángel «Hágase tu voluntad».

El “sí” de María es el punto de inicio de todo. María se dejó hacer, se puso a disposición del Padre con la tranquilidad, la seguridad y la esperanza de que todo formaba parte de un plan extraordinario en el que ella debía ser instrumento imprescindible. Sería la madre de un niño al que pondrían por nombre Jesús. 


3. EMMANUEL, DIOS CON NOSOTROS (TAMBIÉN CON LAS PERSONAS LGTBI)


El ángel que habló en sueños a José anunció el nombre que pondrían al niño: Jesús. 

Mateo recuerda que de esa forma se cumplía lo que había dicho el Señor por el profeta: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”».


Muchas veces he recordado lo difícil que fue para mí reconocer definitivamente que Dios me quería siendo homosexual. Por supuesto para muchas personas LGTBIQ+ cristianas ha sido complicado reconocer en el Creador un padre-madre bondadoso, amoroso, que nos incorporara a su casa.

Las mismas normas y la misma ley que hicieron a José repudiar a María son las que se han ido aplicando por siglos sobre las personas LGTBIQ+, impidiendo sentirnos hijas e hijos de Dios.

Paradójicamente, el mismo sueño de José en el que el ángel comunica el próximo nacimiento de Jesús, nos restaura en el hogar del Padre. Porque Jesús es Emmanuel, es decir, Dios con nosotros, con todas y todos sin excepción.


Es muy triste reconocer la manera en que el auténtico significado de Jesús-Emmanuel fue tergiversado a lo largo de los tiempos por la propia Iglesia, hasta hoy. Quizá esto sólo pueda ser comprendido por quienes incesantemente soportamos la traducción oficiosa del nombre Emmanuel, cada vez que se nos aparta, se nos excluye o condena por el hecho de ser LGTBIQ+.

Emmanuel se queda en el «Dios con “casi” todos nosotros» en el que fuimos muchas veces educados, desfigurando y rompiendo nuestra fe. 

La religión no siempre es fe ciega en el Padre que acoge sin prejuicios. A veces la religión se queda en el tiempo de José antes del sueño, cuando aún repudiaba a María. 

La Iglesia de nuestros tiempos debería caminar determinada a ser el José convertido, repleto de fe, que se lleva su casa a María la madre de Jesús Emmanuel. Porque en Emmanuel —Dios con nosotros— también estamos las personas LGTBIQ+ y cuantas se encuentran en las fronteras de la Iglesia. 



El nacimiento de Jesucristo sucedió así: su madre, María, estaba prometida a José, y antes del matrimonio, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, decidió repudiarla en secreto. Ya lo tenía decidido, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no tengas reparo en acoger a María como esposa tuya, pues lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del profeta: Mira, la virgen está encinta, dará a luz a un hijo que se llamará Emanuel, que significa: Dios con nosotros. Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y acogió a María como esposa.

septiembre 01, 2023

LXXXIII LA ESPERA

Sobre Mateo 24, 37-44



Suelo contar que estos pasajes de los Evangelios, en los que Jesús hace mención al fin de los tiempos o a la llegada inesperada de la muerte, me producían un inmenso temor cuando estaba en lo más hondo del armario, más aún siendo un niño y un joven asustado.

Cuando los escuchaba en la Eucaristía, en celebraciones, oraciones, o los leía en la incansable búsqueda de algo que calmase mi sed de respuestas, siempre me surgía una duda: “Si hoy Dios me llama y muero, ¿qué podré presentarle?”. 


Según la “logica religiosa” en la que me habían educado no cabía que siendo homosexual pudiera aspirar a gozar de la presencia de Dios. 

Siendo un niño, un chaval, cuando comprendí que lo que me pasaba era algo mío, tan irremediable como inconfesable que urgentemente debía pasar a lo secreto, me imaginaba que al morir de repente, Dios me diría que los maricas no podían entrar en el cielo. A partir de ahí todo lo demás era secundario. Podría haber sido buena persona, pero ser homosexual restaba puntos a toda mi vida. 

Una vez, con poco más o menos catorce años, escuché decir a un hombre algo que se me quedó grabado. Esta persona hablaba de García Lorca ponderando su estilo literario y su obra. Después de alabarlo un buen rato sentenció: “pero era maricón”. Así que todo lo bueno que había en Lorca como persona, como creador, como ser humano quedaba inhabilitado, porque su identidad sexual prevalecía como signo negativo, era razón de condena y pesaba como una losa ocultando su grandeza.


Cuento esta anécdota como una más de todas las que sufrí, y seguro de que cualquier persona LGBTIQ+ puede haber vivido cosas semejantes. De forma corriente la educación, la formación religiosa y la propia sociedad imponían unas reglas en las que ser homosexual era tan trágico y vergonzante como ser ladrón. Aún peor, porque si la persona era acusada de ladrona aún habrá quien pueda pensar que robaba para comer, pero si era descubierta como homosexual todo el mundo afirmaba que se palpaba la degeneración y el vicio. En esas circunstancias, lo más sensato cuando se quería sobrevivir sin problemas era encerrarse en el armario. 

Siento decir que en el presente, a pesar de que la sociedad se muestra más abierta e inclusiva y la legislación favorece el respeto a los derechos de las personas LGBTIQ+, todavía hay evidentes muestras de homofobia y transfobia, prejuicios, tópicos, comportamientos condescendientes y falsedades que muchas veces hacen muy difícil la visibilidad deseada. Por eso sigue habiendo armarios en el siglo XXI.


El armario ya es terrible para cualquier persona LGBTIQ+, pero para las creyentes —en nuestro caso las católicas— lo es aún más. Porque a la presión familiar y social se une la doctrina de la Iglesia y su más que discutible interpretación de la Palabra de Dios en referencia a las personas no heterosexuales. Durante muchos años me hicieron sentir un desgraciado por ser como era, y continuamente pedía al Padre que me hiciese “normal”, porque tenía miedo a que mi familia lo supiera, a que mis amigos se burlaran, a sufrir en definitiva, pero sobre todo porque no vería a Dios, pues todo apuntaba a que Él no quería a las personas como yo. Entonces surgía esa pregunta: “Si hoy Dios me llama y muero, ¿qué podré presentarle?”.

Este sentimiento, mezcla de indefensión y tremenda fragilidad, alimenta la soledad afilada y lacerante que hace perder poco a poco la esperanza. Por eso cuando con dieciséis años tomé aquellas pastillas para terminar cuanto antes, lo hice porque me daba vergüenza que se enterara mi familia, tenía miedo de que mis amigos me hicieran daño y también porque me habían hecho creer que Dios no me amaba como yo era y por eso nada merecía la pena.

Otra vez siento afirmar que sigue habiendo personas LGBTIQ+ que dejan de ver la luz de Dios porque se la ocultan, porque se la esconden. Hoy sigue habiendo personas LGBTIQ+ que prefieren morir a vivir sin esperanza.


Ahora sé que mis muchos años de armario, plagados de experiencias de todo tipo, sólo tienen sentido desde Cristo. La fe que me transmitieron mis padres se quedó fuera del armario y tuve que volver a creer una vez me encerré en él, empezando desde cero, en total soledad, soportando obstáculos, sorteando escollos y salvando dificultades. Desde luego la fe no me ha sido dada sino que la tuve que conquistar después de vencer muchas batallas a solas. Mi fe me la dio el bautismo pero realmente yo no me he sentido bautizado hasta que no salí del armario, porque es cuando noté el fuego del Espíritu atravesándome, dándome fuerzas para reaccionar y comenzar a caminar. Por eso mi fe es tan fuerte. Me ha costado tanto conservarla que nada ni nadie podrá arrebatármela.


Todos los armarios de las personas LGBTIQ+ cristianas tienen mucho de lo que dice Jesús, porque en realidad son un largo tiempo de espera en continua alerta: “estad en vela, vigilad, estad preparados”. Pero de eso fui consciente cuando entendí que su promesa, en la que anunciaba que el Hijo del hombre vendría muy pronto, no se refería a ningún acontecimiento apocalíptico sino a algo muchísimo más cercano a mí: el instante de reconocer que Jesús daba sentido a mi existencia y no cualquiera de las cosas que me habían hecho temblar toda la vida.

Jesús llevaba mucho tiempo diciéndome que vigilara el momento. Yo pensaba que pedía que me arrepintiese de ser como soy, pero me estaba advirtiendo de que buscara la oportunidad de reaccionar y saltar, de salir a la vida, de ser yo mismo y por eso de gozar de Él como no lo había hecho desde que era muy niño. 


La llegada del Hijo del Hombre será como en tiempos de Noé: en [aquellos] días anteriores al diluvio la gente comía y bebía y se casaban, hasta que Noé se metió en el arca. Y ellos no se enteraron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos. Así será la llegada del Hijo del Hombre. Estarán dos hombres en un campo: a uno se lo llevarán, al otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán, a la otra la dejarán. Así pues, velad, porque no sabéis el día que llegará vuestro Señor. Y sabéis que, si el amo de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría velando para que su casa no fuese asaltada. Por tanto, estad preparados, porque este Hombre llegará cuando menos penséis.