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agosto 30, 2023

LXXXI TODO LLEGA

Sobre Lucas 21, 5-19



No hace demasiado tiempo que puedo rezar sosegadamente a partir de un texto de la Palabra de Dios en el que se haga mención al fin del mundo. Cuando era un niño, con la certeza no nombrada de mi identidad sexual, y sin capacidad para comunicar o compartir esas sensaciones y sentimientos, todo mi temor era el no poder alcanzar a ver al Padre, porque todo apuntaba a que iría directamente a acompañar a Satanás. Ese presentimiento se prolongó durante mi adolescencia, enriquecido por una idea de infierno que se alimentaba de una educación religiosa en la que las personas como yo eran viciosas, invertidas, desviadas, enfermas, promiscuas, y muchos más adjetivos que eran sinónimos de la palabra marica.

Me daba miedo que cualquier persona de mi círculo sospechara que yo era así. Pero lo que de verdad me aterraba era la imposibilidad de evitar serlo.

Cuando salí del armario, con algo más de cuarenta años, y comencé a sanar heridas, cuando me tranquilicé y me dispuse a interpretar qué había pasado con mi vida, no fue difícil darme cuenta de que el fin del mundo y el infierno era precisamente lo que había dejado atrás. Es una reflexión que durante años he orado intensamente, agradecidamente, porque Dios ha dado luz a una parte larga y triste de mi historia, otorgando sentido a todo.


Hay una frase bellísima en el pasaje de Lucas, que ilustra lo que muchas personas cristianas LGBTIQ+ podemos haber sentido desde Dios hacia nosotras, lo que el Padre pronuncia a nuestros oídos y nos mueve -mejor aún, nos conmueve- hasta el punto de hacernos salir de nuestras oscuras cárceles del miedo. Es esta: “con vuestra perseverancia os salvaréis". Jesús la utiliza para tranquilizar a quienes lo escuchan, como diciéndoles "mirad, no os agobiéis ni os asustéis por el estruendo de la vida, porque al final, si persistís, todo va a acabar bien".

El problema es que durante una buena parte de mi vida no tuve ocasión de entender eso que Jesús estaba susurrándome, porque el ruido de una religión que manipulaba el temor de Dios me hacía creer que verdaderamente el sol, la luna, las estrellas caerían sobre mí y no podría hacer nada para impedirlo.


Superar toda esa angustia supone un proceso de conversión tras el que nada es igual que antes, especialmente en la percepción de Dios. Imagino que representa el mismo cambio en la idea del Padre que experimentaron quienes seguían a Jesús durante su vida pública, lo escucharon y percibieron de qué manera sus palabras y actos agitaban los corazones. El sentimiento profundo de cobrar animo, levantar la cabeza y notar cómo se hace realidad la liberación es un regalo que las personas LGBTIQ+ cristianas, fortalecidas por esa experiencia transformadora, hemos recibido de manos del propio Dios. Quizá por eso el Adviento que se acerca siga removiéndome tanto, pese a que mi trabajo mercantilice el tiempo de la Navidad y a veces me distraiga y exaspere. Pero es cierto que el anuncio de la venida del Mesías supone cada vez una renovación de esa promesa que nos asegura la liberación. Recordar de qué forma Jesús nació en mi corazón como novedad reveladora del amor que Dios me tiene es, por encima de todo, suficiente razón para la esperanza.



En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: "Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido."
Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?"
Él contesto: "Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida."
Luego les dijo: "Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.
Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.
Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas."

agosto 29, 2023

LXXX HAZME SITIO, VOY A TU CASA

Sobre Lucas 19, 1-10



No existen las casualidades sino la providencia, y por ese camino encontré hace pocos días un hatillo de cuadernos con todo lo que escribía justo en los tiempos previos e inmediatamente posteriores a mi salida del armario. Leyéndolos con perspectiva es precioso comprobar cómo Dios fue moldeándome poco a poco hasta hoy. Y es emocionante descubrir ahora el sentido a lo que entonces me causaba más incertidumbre que confianza. 


Entre todo lo que estaba en esos cuadernos hay una reflexión sobre el texto de Lucas 19, cuando lo de Zaqueo. Estoy seguro de que era la primera vez que profundizaba en este pasaje y que me preguntaba sobre lo que aquel hombre bajo de estatura como yo, podía decir a mi vida. Hasta ese momento cualquier interpretación acerca de la lectura de cuantas había recibido se basaba en el hecho de que Zaqueo era un hombre rico, y a que su existencia la había fundado en amasar riquezas sin escrúpulos, lo cual le convertía en un ser despreciable que giraba en torno al dinero sin importarle nada los demás. 


Pero mi reflexión no se fijaba en el patente poder que Zaqueo justificaba en su estatus, sino en otras cosas de él que, de repente, eran reflejo de las mías. Porque a parte de ser no muy alto, como Zaqueo, cuando escribí todo aquello también estaba buscando desesperadamente a Jesús.


Zaqueo tenía en común conmigo la convicción de que no podía seguir por más tiempo con un estilo de vida que no le llenaba. Siempre hablo desde mi propia experiencia, pero sé que muchas personas LGBTIQ+ creyentes en un momento determinado de nuestras vidas compartimos la sensación de que no merece la pena vivir por más tiempo dentro del armario, y ansiamos dejar entrar a Dios en él para que ilumine ese escondite de tantos años, derribe sus muros, entre la luz y podamos ser nosotras y nosotros mismos por fin. 


Cuando Zaqueo se sube al árbol para alcanzar a ver a Jesús, me subo con él. Es el primer tiempo, ese en el que más parece que solo interese mirar sin más compromiso que no perderse el espectáculo. Desde el árbol acompañado de Zaqueo no hago demasiado por llamar la atención del Maestro. Quizá me alegre de la suerte por estar allí, y puede que ore para que esas ganas de cambiar de vida y valorarme se hagan más fuertes, porque —¿quién sabe?— es posible que la próxima vez me atreva a estar pisando suelo y tocar su manto.


Pero el segundo momento llega de forma inesperada. Jesús quiere entrar en mi casa y comer conmigo. Zaqueo se llena de alegría y ambos, Zaqueo y yo, estamos contentos de que el Señor se haya fijado en nosotros que somos a los ojos de todos unos pecadores. Nos llama por nuestro nombre, pide que bajemos de ese lugar alejado y lo llevemos al centro de nuestras vidas, al hogar donde el corazón palpita sin nada que evite escuchar nuestros latidos.


Zaqueo fue transformado por Jesús. Y doy fe, con muchas personas más, de que nuestras vidas fueron restauradas con la decisión del Maestro por entrar en lo más íntimo de cada una de nosotras y de nosotros y cambiarnos por entero. No importaba que Zaqueo fuera el jefe de los publicanos, ni que yo fuera un homosexual. Jesús siempre toma la iniciativa. Es el pastor que busca la oveja perdida, es quien pide agua a la samaritana, quien toca a los apóstoles y les propone seguirle, quien dice a Zaqueo que baje enseguida porque hoy va a alojarse en su casa.


Terminando el texto de Lucas, hay una frase que el evangelista pone en boca de Jesús y que a mí personalmente siempre me transmitió mucha confianza cada vez que, por alguna circunstancia, se ponía en duda el amor de Dios hacia las personas excluidas, particularmente las personas LGBTIQ+. Dice Jesús: «Hoy ha entrado la salvación en esta casa, pues también este es hijo de Abrahan».


En el libro de la Sabiduría hay una sentencia sobrecogedora en la misma línea, que dice: «Señor, amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste pues, si odiaras algo, no lo habrías creado».

Es este Dios misericordioso, el Dios de Jesús, quien nos libera. Quiero decir: no me siento liberado de mi supuesto pecado de ser homosexual, pues no lo es. Me siento salvado del miedo a visibilizarme tal como soy, del temor a expresar mi fe desde mi identidad homosexual, y también es el Dios del Maestro, el Dios Abbá, quien me conmueve hasta el punto de olvidar afrentas y curar los resentimientos. Ya no tengo miedo, porque Jesús me ha pedido entrar en casa, me ha buscado y me ha salvado. Zaqueo y yo estamos contentos. Ya no subiremos a la higuera. Ya no es necesario.



En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: "Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa." Él bajo en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: "Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador." Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: "Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más." Jesús le contestó: "Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."

agosto 28, 2023

LXXIX SER JUSTOS

Sobre Lucas 18, 9-14



Desde que tengo uso de razón, es decir, desde que soy consciente de mi identidad homosexual y durante muchos años, he vivido con el sentimiento profundo de que era una persona imperfecta, inferior a las demás. Aun cuando el armario me hiciera parecer como las otras, mi cabeza, mi corazón y mis tripas sabían que mi manera de ser y de sentir no estaba bien. Todas las demás personas eran normales. Yo sin embargo tenía deseos y afectos inconfesables que no podía controlar y que poco a poco fui comprendiendo que eran tan míos como el color azul de mis ojos. 

Si se enterasen mis padres sería trágico. Si lo supieran mis amigos se burlarían y apartarían de mí. Y Dios —me decían— aborrecía a los homosexuales. No estoy tratando de dramatizar mi historia —ni la historia común de muchas personas LGBTIQ+, particularmente las cristianas—, sino que intento dar luz a todo eso que desde luego no buscaba pero me fue impuesto por los condicionantes sociales, educativos y religiosos a lo largo de muchos, muchos años.


Desde esta premisa puede ser fácil entender que la parábola del fariseo y el publicano me suscitara un sentimiento complejo, sobre todo a partir del tiempo en que comienzo a reflexionar la Palabra con un espíritu crítico, y el dolor —unido a la soledad y a la incapacidad de comunicar lo que vivo— se hace insoportable. Ahí nace el resentimiento que se instalará cada vez con mayor fuerza en mi corazón.


Las personas cristianas LGBTIQ+ nos hemos emplazado con mucha facilidad en el lugar del publicano, rezando a distancia y con miedo a mirar al cielo. Creo que nuestra experiencia muchas veces dramática nos sitúa en cualquier relato —pero más aún en las parábolas de Jesús— allí donde hay un personaje sufriente. No solo somos el publicano en contraposición al fariseo, sino el hombre asaltado y apaleado al que asiste el samaritano, o la oveja perdida.


Cuando salí del armario lo hice cargado de rencor. Ese resentimiento tuve que curarlo y, paradójicamente, fue a través de la oración. Necesitaba aliviar las heridas. Las heridas  curaron cuando comprendí que mi actitud al hacerme visible fue comportarme precisamente como el fariseo de la parábola. 


Al salir del armario pensé que había llegado el momento de arrasar con todo, decidido a recuperar a cara descubierta mi lugar en la Iglesia, denunciando las injusticias de las que había sido víctima y ante las que seguía siendo testigo. Había mucho fariseo al que desenmascarar su hipocresía. 

Pero esa fuerza, toda esa energía y furia no hacía más que alimentar el rencor que iba ardiendo en mi corazón, desplazando al buen Espíritu y convirtiéndome en un impostor. 

Justo me había transformado en el fariseo. Ahora era yo quien rezaba diciendo «gracias, Dios mío, porque no soy como los demás, y mucho menos como esos que escandalizados se dan golpes de pecho pero son unos incoherentes».


De pronto me vi pillado por mi propia contradicción. Toda la vida en el papel de víctima y de repente y con total nitidez me veía reflejado en el rol del verdugo. En realidad no fue tan instantáneo ni tan tumbativo, sino fruto de una reflexión orante que duró un tiempo, y aún se prolonga, porque no creo que nunca deba terminar. Durante ese primer periodo me dediqué a localizar dónde estaban las causas del mal sabor de boca y de ánimo que me iba dejando esta forma de comprometerme una vez me hice visible. Después he ido dando la vuelta a cada historia preguntándome cuánto de fariseo hay en mí y el porqué. Siempre la Palabra dando la medida. 


No puedo decir que mi resentimiento esté completamente curado, pero ya no tengo tanto dolor. No he renunciado a la denuncia profética pero ahora procuro que la firmeza siempre vaya unida a la misericordia. El rencor se cura con amor y Palabra, no con buenos propósitos. Y aunque todo eso lo sé, a veces aún me sorprendo vencido por las ofensas, buscando al fariseo para zarandearle mientras con la mano libre me doy golpes en el pecho. 



En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."