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enero 04, 2026

CXC. LUZ DEL MUNDO, SIN EXCEPCIÓN


Sobre
Juan 1, 1-18


Hoy, al iniciar mi reflexión sobre el prólogo de Juan, se me viene a la mente una imagen poderosa: "la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron". Es una luz que no se puede apagar, que siempre está ahí, aunque a veces no la veamos, aunque el mundo la rechace. Pero esta luz, tan radical y amorosa, se ofrece a todas y todos. Se hizo carne, se hizo real. No es una idea distante, no es un concepto frío. Jesús, la Palabra de Dios, se hizo carne para estar con nosotras, para caminar entre nosotros. No hay barreras que puedan detener su luz.

Para quienes hemos sido alguna vez marginados, para quienes hemos sentido que no encajamos en los moldes de lo "correcto" o lo "aceptado", esta palabra tiene un mensaje profundo: Dios no excluye a nadie. La luz de Cristo llega a todos, sin excepciones. Y aunque a veces las sombras parecen más fuertes, el amor de Dios se abalanza sobre ellas, se hace presente, y se ofrece como refugio. No hay rincón de nuestra humanidad en el que Cristo no quiera entrar. Y eso incluye a todas y a todos los que, como las personas LGBTIQ+, hemos sido rechazados o silenciados, tanto por la sociedad como por algunas partes de la Iglesia.

Este texto es una invitación a dejarnos tocar por esa luz. No importa nuestra historia, nuestras luchas, nuestras dudas o inseguridades; la luz que es Cristo viene a sanarnos, a abrazarnos en todo lo que somos. Es una luz que se manifiesta no solo en lo que entendemos como "correcto", sino en lo que somos en toda nuestra diversidad, en todas nuestras realidades. Cristo no se encarna solo en lo perfecto o en lo esperado. Él se hace carne en todo lo humano, en todas nuestras realidades, incluso en lo que el mundo no ve o no quiere ver.

La Epifanía, la revelación de Jesús a los magos, también nos habla de eso. Los magos no eran parte del pueblo elegido, no encajaban en los estándares religiosos de su tiempo, pero fueron los primeros en reconocer al niño Jesús como el Salvador. Y hoy, en la Iglesia, las personas LGBTIQ+ somos también como esos magos: algunos de nosotros, algunas de nosotras, hemos tenido que buscar la luz más allá de los límites establecidos, fuera de las fronteras religiosas, y sin embargo, hemos llegado a este mismo niño que se revela como la luz para todos, sin distinción.

Te invito hoy, en tu oración, a abrir el corazón a esa luz. Jesús se hace carne, se hace presente, en ti y en mí, en toda nuestra humanidad. No hay nada de nosotras o de nosotros que quede fuera de su amor. No importa cómo te sientas hoy, si sientes que el mundo no te entiende o no te acepta, recuerda: Él te ve, te abraza, te llama a ser parte de su familia, de su Iglesia.

Hoy, al reflexionar también sobre la Epifanía, te animo a que te dejes sorprender por la luz de Cristo. Esa luz no discrimina, no rechaza, no juzga. Es una luz que abraza, que da paz y que llama a la reconciliación. Te invito a orar y a decirle a Jesús: "Sé que tu luz me busca, sé que me amas tal como soy. Abro mi corazón para recibirte. Ayúdame a ver con tus ojos, a ser tu luz en el mundo, y a recordar siempre que tú estás conmigo, sin importar lo que los demás digan o piensen."

Que esta luz que brilla en las tinieblas te ilumine hoy y siempre, y que en ella encuentres consuelo, fuerza y la certeza de que no estás sola, no estás solo. Dios está contigo, aquí y ahora.


En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: »El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

diciembre 27, 2025

CLXXXIX. FAMILIAS DIVERSAS, SAGRADAS FAMILIAS


Sobre
 Mateo 2,13-15.19-23


Al orar con el relato de Mateo sobre la huida a Egipto y el regreso a Nazaret, el texto enseguida se abre como una revelación silenciosa sobre la fragilidad y la diversidad de las familias en las que Dios decide habitar. No se trata de una escena edulcorada ni ideal: es una familia amenazada, desplazada, obligada a tomar decisiones difíciles para proteger la vida que se le ha confiado.

La Sagrada Familia aparece aquí lejos de cualquier modelo cerrado o idealizado. Es una familia en tránsito, que huye por miedo, que cruza fronteras, que aprende a vivir como extranjera. En ese movimiento forzado, Dios no se ausenta: permanece. El Hijo de Dios crece en medio de la precariedad, del desarraigo y de la inseguridad. El Evangelio muestra así que la bendición divina no se apoya en la estabilidad social ni en la corrección de las formas, sino en el amor que cuida y protege la vida.

Desde la experiencia de las personas LGBTIQ+, este pasaje resuena con especial fuerza. Muchas familias diversas conocen también la amenaza, el cuestionamiento y la necesidad de buscar espacios seguros donde amar y criar sin miedo. Han tenido que cruzar sus propios “Egiptos”: contextos sociales, religiosos o educativos donde no se les reconocía dignidad ni legitimidad. Y, como en el relato evangélico, ese camino no las aleja de Dios, sino que se convierte en lugar de encuentro con Él.

El texto de Mateo sugiere que Dios no bendice un único modelo familiar, sino la fidelidad al cuidado mutuo. Familias con dos madres o dos padres, familias diversas, elegidas o reconstruidas, participan de la misma verdad profunda: allí donde hay amor que protege, Dios habita. No son realidades secundarias ni toleradas, sino espacios auténticos de gracia.

El regreso a Nazaret refuerza esta intuición. Nazaret es un lugar insignificante, marcado por el prejuicio. Sin embargo, es allí donde Jesús crece, se forma y aprende a amar. Dios elige lo pequeño, lo cuestionado, lo que no encaja en las expectativas dominantes. Así, el Evangelio afirma que ninguna familia queda fuera de la bendición por su forma o composición.

Este pasaje invita a una reconciliación serena entre fe y diversidad. Permite contemplar todas las familias actuales —incluidas las familias LGBTIQ+— como realidades igualmente dignas, igualmente amadas y bendecidas por Dios. No es la conformidad a un esquema lo que hace sagrada a una familia, sino el amor que sostiene la vida día a día.

En la huida, en el regreso y en la vida cotidiana de esta familia evangélica se revela un Dios que acompaña, que protege y que se queda. Un Dios que sigue naciendo y creciendo en hogares diversos, frágiles y verdaderos.


Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»

José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.»
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.»
Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

diciembre 23, 2025

CLXXXVIII. LA LUZ BRILLA EN LA TINIEBLA (Navidad)


Sobre
Juan 1, 1-18


“Y la Palabra se hizo carne"

No eligió una carne ideal, correcta, aceptada por todos. Eligió la carne real. Vulnerable. Cuestionada. Expuesta. Por eso no puedo leer este texto sin pensar en nuestras vidas LGBTIQ+, tantas veces tratadas como si fueran un problema que Dios debería corregir y no una historia que Dios desea habitar.

Antes de que nadie nos pusiera nombre, antes de que la Iglesia nos señalara, antes incluso de que aprendiéramos a desconfiar de nosotros mismos, la Palabra ya estaba. Y en ella estaba la vida. Nuestra vida también. No una vida a medias, no una vida tolerada, sino una vida querida desde el principio.

El nacimiento de Jesús es una denuncia silenciosa pero radical: Dios no se revela en la pureza, ni en la norma, ni en la exclusión, sino en la carne. Y cuando Dios se hace carne, desautoriza cualquier teología que desprecie cuerpos, afectos o identidades. Toda fe que humilla, que margina o que obliga a vivir escondidos no nace de la Encarnación.

“Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron.”

Esta frase tiene nombres y rostros. Son las personas LGBTIQ+ expulsadas de comunidades cristianas. Somos las que aprendimos a rezar pidiendo no existir así. Son las que aún hoy escuchan que su amor es un pecado estructural, un trastorno que curar, una ofensa a Dios. Jesús conoce ese rechazo desde su nacimiento. Y no se pone del lado de quienes excluyen en nombre de Dios, sino de quienes quedamos fuera.

Pero el prólogo del evangelista Juan no se queda en el rechazo. Afirma algo profundamente subversivo: a quienes acogen la Palabra se les concede ser hijas e hijos de Dios. No a quienes controlan, juzgan o vigilan. A quienes acogen. Y muchas personas LGBTIQ+ hemos acogido a Dios desde la intemperie, desde la herida, desde la resistencia. Eso también es fe. Aun más, es una fe adulta.

La Palabra se hace carne y acampa. No funda una fortaleza doctrinal. Acampa entre quienes no tienen lugar seguro. Por eso me atrevo a decir que Cristo sigue naciendo hoy en los cuerpos y las historias LGBTIQ+ que luchan por vivir con verdad, con dignidad y con amor.

“La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la venció.”

Esta no es una frase piadosa. Es una promesa para quienes han sido empujados a la sombra. La luz no se apagó cuando nos dijeron que no éramos personas bienvenidas. No se apagó cuando nos pidieron silencio. No se apagó cuando confundieron fidelidad a Dios con violencia espiritual.

Creer en el nacimiento de Jesús, desde nuestra experiencia LGBTIQ+, es afirmar que Dios no está en contra de nuestras vidas, sino comprometido con ellas. Que nuestro existir no es una deficiencia ni nuestros gritos son un error teológico, sino un lugar donde la Palabra sigue encarnándose. Y que mientras haya una persona LGBTIQ+ creyendo, amando y resistiendo, la Encarnación no habrá terminado.

Dios sigue naciendo. También aquí. También así. Y nadie, en absoluto, tiene autoridad para negarlo.


En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio d él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.