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noviembre 30, 2024

CLX SE ACERCA NUESTRA LIBERACIÓN


Sobre
Lucas 21, 25-28.34-36



Ya he compartido otras veces que, desde hace no demasiado tiempo, puedo rezar ya, sosegadamente, a partir de un texto de la Palabra de Dios en el que se haga mención al fin del mundo. Cuando era un niño, con la certeza no nombrada de mi identidad sexual, y sin capacidad para comunicar o compartir esas sensaciones y sentimientos, mi mayor temor era el no poder alcanzar a ver al Padre, porque todo apuntaba a que iría directamente a acompañar a Satanás. Ese presentimiento se prolongó durante mi adolescencia, enriquecido por la idea de infierno que se alimentaba de una educación religiosa en la que las personas como yo somos viciosas, invertidas, desviadas, enfermas, promiscuas, y muchos más adjetivos sinónimos de la palabra marica.

Me daba miedo que cualquier persona de mi círculo sospechara que yo era así. Pero lo que de verdad me aterraba era la imposibilidad de evitar serlo.

Cuando salí del armario, con algo más de cuarenta años, y comencé a sanar heridas, cuando me tranquilicé y me dispuse a interpretar qué había pasado con mi vida, no fue difícil darme cuenta de que el fin del mundo y el infierno era precisamente lo que había dejado atrás. Es una reflexión que durante años he orado intensamente, agradecidamente, porque Dios ha dado luz a una parte larga y triste de mi historia, otorgando sentido a todo.


Hay una frase bellísima en el pasaje de Lucas, que ilustra lo que muchas personas cristianas LGBTIQ+ podemos haber sentido desde Dios hacia nosotras, lo que el Padre pronuncia a nuestros oídos y nos mueve —mejor aún, nos conmueve— hasta el punto de hacernos salir de nuestras oscuras cárceles del miedo. Es esta: "cobrad ánimo, levantad vuestra cabeza, porque se acerca vuestra liberación". Jesús la utiliza para tranquilizar a quienes lo escuchan, como diciéndoles "mirad, no os agobiéis ni os asustéis por el estruendo de la vida, porque al final todo va a acabar bien".

El problema es que durante una buena parte de mi vida no tuve ocasión de entender eso que Jesús estaba susurrándome, porque el ruido de una religión que manipulaba el temor de Dios me hacía creer que verdaderamente el sol, la luna, las estrellas caerían sobre mí y no podría hacer nada para impedirlo.


Superar toda esa angustia supone un proceso de conversión tras el que nada es igual que antes, especialmente en la percepción de Dios. Imagino que representa el mismo cambio en la idea del Padre que experimentaron quienes seguían a Jesús durante su vida pública, lo escucharon y percibieron de qué manera sus palabras y actos agitaban los corazones. El sentimiento profundo de cobrar animo, levantar la cabeza y notar cómo se hace realidad la liberación es un regalo que las personas LGBTIQ+ cristianas, fortalecidas por esa experiencia transformadora, hemos recibido de manos del propio Dios. Quizá por eso el Adviento siga removiéndome tanto, pese a que mi trabajo mercantilice el tiempo de la Navidad y a veces me distraiga y exaspere. Pero es cierto que el anuncio de la venida del Mesías supone cada vez una renovación de esa promesa que nos asegura la liberación. Recordar de qué forma Jesús nació en mi corazón como novedad reveladora del amor que Dios me tiene es, por encima de todo, suficiente razón para la esperanza. 


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

noviembre 23, 2024

CLIX REYES DE OTRO MUNDO


Sobre
 Juan 18, 33-37.



La realeza de Cristo no podría darse de otra forma que en lo más bajo, en lo ultimo, en lo despreciado, en lo excluido. Ahí sí que tiene sentido Cristo hecho Rey.

No lo entiendo de otra forma. El mismo escenario que describe Juan en estos y posteriores versículos, nos muestra detalles que se alejan mucho de la realeza convencional, pero que son símbolos perfectos de lo que el Maestro pretendía transmitir. No hay un rey vestido de oropeles y ricas túnicas, sino que lleva unos jirones de tela miserables. No hay una corona de oro y diamantes, sino otra de lacerantes espinas. No habrá sonido de cítaras y música de fiesta sino el terrible ruido del látigo. Ni un desfile en bellas carrozas en olor de multitud, pero sí un largo camino con la cruz hasta el calvario. No habrá bailes o festejos. Solo el golpe del martillo sobre los clavos. Ese es el Cristo Rey que me sedujo y no otro.

Jesús renunció a cualquier parecido con la realeza tal como era entendida y parecía comprender Pilato. El reino de Cristo no es de este mundo, sino de otro en el que los últimos son los primeros.


Aún más: Jesús quiere que compartamos con Él esa realeza, dando valor a cada una de las cosas que nos han dado miedo contar, que no hemos sabido compartir, que no hemos sido capaces de asumir como algo bueno y agradable a Dios. Y así podamos hacernos reinas y reyes junto a Él mismo.


Puede que este sea el más complejo, pero también, el más bello y trascendente descubrimiento de cercanía y entrega de Dios hacia mí, lo que me empujó a salir del armario para sentarme en el trono de mi casa, dando por primera vez gracias a Dios por mi homosexualidad. Hasta que no dejé de compadecerme, no pudo entrar Dios en mi vida. Cuando lo hizo, realzó todo lo que antes me agobiaba haciéndolo digno y noble, en absoluto vergonzoso.


Pero de la misma forma, al mismo tiempo hay túnica hecha jirones y también latigazos, hay que llevar la cruz a cuestas, ser investido con una corona de espinas y tal vez crucificado. Compartir la realeza con Jesús significa participar de su pasión. Las personas LGBTIQ+ -y creo que especialmente las creyentes- no dejamos de pertenecer al colectivo de últimos y despreciados, ni siquiera en el mejor de los contextos. Y aunque superemos nuestros miedos, dispongamos de nuestros derechos, contemos nuestras historias, compartamos nuestras esperanzas y demos fe de nuestra confianza en Dios, padre/madre que nos ha creado como obra perfecta suya, aún así habrá quien nos acuse y quiera colgarnos de una cruz, incluso en nombre de un extraño Cristo Rey que necesita que se le hagan sacrificios humanos con todas aquellas personas que no se ajustan a los comportamientos ni a los cánones que marcan la tradición y la doctrina.


De alguna forma todo esto último me hace plenamente consciente de lo que significa la auténtica realeza de Cristo, porque lo fácil sería huir pero hago justo lo contrario, desinstalándome e implicándome hasta donde puedo, a veces sin medir las consecuencias.

Ya estoy muy lejos del armario y a estas alturas me cautiva más el Jesús provocador que el prudente. Y me siento en comunión con Él cuando dice a Pilato que su misión consiste en dar testimonio de la verdad. Imagino que las personas LGBTIQ+ cristianas estamos llamadas a ser testigos de la verdad. Nuestras realidades han sido muchas veces tan penosas, nuestras historias tan dolorosas, que la presencia de Dios en nuestras vidas ha sido especialmente liberadora, y nos ha contagiado la necesidad de denunciar la injusticia y favorecer a los perseguidos, los excluidos, los apartados a las fronteras, los últimos y olvidados.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Jesús le contestó: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?" Pilato replicó: "¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?" Jesús le contestó:

"Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí." Pilato le dijo: "Conque, ¿tú eres rey?" Jesús le contestó: "Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz." 

noviembre 16, 2024

CLVIII EL JUICIO FINAL


Sobre
Marcos 13, 24-32


Cuando, siendo un niño, comencé a intuir con cierta lucidez mi identidad sexual, los textos donde aparecía cualquier alusión al apocalipsis o el fin de los tiempos me provocaban mucho temor. Un miedo más intenso y perceptible que el que podría sentir, posiblemente, otro chaval de mi misma edad que no fuera homosexual. Era así porque, al fin y al cabo, mi fe desde pequeño se construyó en base a una educación moral y religiosa en la que cualquier persona como yo estaba predestinada al infierno. Así de claro. Aunque sabía que podría salvarme si lograba apartar a un lado esos sentimientos impuros y deseos pecaminosos —algo que no podía evitar, como no podía dejar de tener los ojos azules—, o bien si me arrepentía de corazón y rogaba a Dios que me ayudase a eludir ser así —lo cual hacía con frecuencia siendo el fondo recurrente de mi oración a lo largo de muchos años. Evidentemente esos rezos para que me convirtiera en lo que no era no tuvieron respuesta. 

Este sentir, como puede sospecharse, se prolongó hasta mucho después de mi niñez.


Estaba claro que Dios no tenía ninguna intención de impedir que su obra fuese diferente a como la había creado —en este caso un chaval medio rubio, no muy alto, de ojos claros, algo tímido y propenso a meterse en líos. Por el contrario, Dios tenía pensado que desarrollara mi identidad y afectividad como algo natural, perfectamente bueno y agradable a los ojos del Creador, a sus ojos de Padre. 

He de decir que esos planes de Dios no se me pasaban por la cabeza. Me habían explicado que Él era bueno con todas y todos. Pero aquello era la teoría. Nadie me había enseñado lo realmente importante: a apreciar, a oír, a ver o a sentir lo inmensamente bondadoso que es el Creador; que lo era tanto como para que el hecho de que yo fuera homosexual resultase algo tan anecdótico como el color de mi pelo. 

Por eso, porque desconocía la trascendencia del Amor de Dios, seguí intimidado en el armario por mucho tiempo pensando que, tal como decía el evangelio de Marcos, el sol se haría tinieblas sobre mí, la luna no daría su resplandor, los astros se tambalearían, y el Hijo del hombre aparecería con gran poder y majestad enviando a los ángeles para reunir a los elegidos entre los cuales, evidentemente, yo no podría estar.


Hay un cuadro en el Museo de Bellas Artes de Sevilla que de niño me paralizaba literalmente, me clavaba en el suelo y no podía dejar de observarlo al detalle hasta que alguien me arrancaba del lugar. Es “El Juicio Final”, pintado por Martín de Vos. Las personas que son arrastradas por diablos y seres terribles al infierno tienen cara de miedo y expresión de terror. Algunas miran hacia arriba, implorantes, donde se sitúan María y los santos, y otras giran trágicamente el rostro al lado donde las almas resucitadas son recibidas por los ángeles. En la parte superior del cuadro, al centro, está Jesús en actitud de juzgar. Y a un metro me encontraba yo asustado, espantado ante lo que podría sucederme, meditando qué decir al juez en mi defensa.


Es muy triste crecer permanentemente atemorizado, siempre acobardado porque te hacen creer que lo que eres no vale, porque eres todo pecado, porque tu comportamiento vital es intrínsecamente desordenado y contrario a la ley natural (PH 8; CIC 2357) y que cuando Jesús regrese con gloria de los cielos a juzgar a vivos y muertos, tu nombre ya está escrito en la lista de los desventurados destinados al infierno.

Para algunas personas LGBTIQ+ la vida era ya un tremendo infierno, así que resultaba muy tentador acabar con ella cuanto antes.


Me costó bastante tiempo y un largo desierto, pero finalmente vencí al miedo. Una de las muchas razones que me empujaron a salir del armario fue el convencimiento de que Dios verdaderamente me ama tal como soy. Esa certeza hizo saltar por los aires cualquier sentimiento de culpabilidad y de pecado con respecto a mi identidad. Por primera vez pude ponerme ante el Padre y hablarle como homosexual, sin caretas ni disfraces. 

Hasta ese momento había tenido que ofrecer en sacrificio una parte de mí para poder congraciarme con Él, sin darme cuenta de que, en verdad, Dios no tenía nada que ver con ese holocausto. Y, aunque aquello sucedió hace años, es ahora cuando la oración me posibilita encontrar sentido a todo eso que viví, con mayor o menor dolor, durante un periodo prolongado de mi historia.

No me quejo. Cualquier experiencia era de Dios, incluso esas en que parecía ausente, esas que parecían parte de un escenario del apocalipsis que tanto miedo me daba. Y es que ahora sé que, como para cualquier persona LGBTIQ+ creyente, el fin del mundo sucedió durante el tiempo de la vida en que no pude ser yo, porque como persona estaba negado por los demás y, consecuentemente, anulado por mí mismo, auto castigado por ser homosexual. Las personas LGBTIQ+ creyentes tenemos que atravesar momentos de oscuridad, de astros y estrellas cayendo sobre nuestras cabezas, antes de poder disfrutar de la presencia del Padre y reconocernos como obra perfecta suya.


El texto de Marcos es precioso cuando dice que tras la gran angustia llegará el brotar de las yemas en las ramas de la higuera, como señal de la cercanía del Hijo de Dios. Y es cierto: Doy testimonio de mi vida en el tiempo en que no era yo, no podía serlo y por lo mismo me alejaba del Padre. En esa etapa hubo tinieblas, los astros cayeron sobre mi cabeza y era el fin de todo. Son los años en los que no encuentro sentido a nada, me desespero, tomo decisiones equivocadas y fracaso al despreciar la presencia de Jesús en mí.

Pero cuando recobro las fuerzas y recupero la lucidez, Dios se hace fuerte y las yemas empiezan a brotar en las ramas de mi vida.


El apocalipsis es espacio de oscuridad, de temor, de dolor, de soledad. Es algo que supuestamente sucede al final de los tiempos pero no siempre es así. Cualquier persona LGBTIQ+ puede confirmar que los cielos y la tierra se derrumban sobre sus cabezas al principio de sus historias vitales, cuando todo se complica, y ese fin del mundo terrible solo acaba cuando tomas consciencia de la bondad de Dios, te dejas hacer por Él, confías y por fin notas cómo brotan las tiernas yemas en tu aparentemente duro y seco corazón. 


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.»