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noviembre 23, 2024

CLIX REYES DE OTRO MUNDO


Sobre
 Juan 18, 33-37.



La realeza de Cristo no podría darse de otra forma que en lo más bajo, en lo ultimo, en lo despreciado, en lo excluido. Ahí sí que tiene sentido Cristo hecho Rey.

No lo entiendo de otra forma. El mismo escenario que describe Juan en estos y posteriores versículos, nos muestra detalles que se alejan mucho de la realeza convencional, pero que son símbolos perfectos de lo que el Maestro pretendía transmitir. No hay un rey vestido de oropeles y ricas túnicas, sino que lleva unos jirones de tela miserables. No hay una corona de oro y diamantes, sino otra de lacerantes espinas. No habrá sonido de cítaras y música de fiesta sino el terrible ruido del látigo. Ni un desfile en bellas carrozas en olor de multitud, pero sí un largo camino con la cruz hasta el calvario. No habrá bailes o festejos. Solo el golpe del martillo sobre los clavos. Ese es el Cristo Rey que me sedujo y no otro.

Jesús renunció a cualquier parecido con la realeza tal como era entendida y parecía comprender Pilato. El reino de Cristo no es de este mundo, sino de otro en el que los últimos son los primeros.


Aún más: Jesús quiere que compartamos con Él esa realeza, dando valor a cada una de las cosas que nos han dado miedo contar, que no hemos sabido compartir, que no hemos sido capaces de asumir como algo bueno y agradable a Dios. Y así podamos hacernos reinas y reyes junto a Él mismo.


Puede que este sea el más complejo, pero también, el más bello y trascendente descubrimiento de cercanía y entrega de Dios hacia mí, lo que me empujó a salir del armario para sentarme en el trono de mi casa, dando por primera vez gracias a Dios por mi homosexualidad. Hasta que no dejé de compadecerme, no pudo entrar Dios en mi vida. Cuando lo hizo, realzó todo lo que antes me agobiaba haciéndolo digno y noble, en absoluto vergonzoso.


Pero de la misma forma, al mismo tiempo hay túnica hecha jirones y también latigazos, hay que llevar la cruz a cuestas, ser investido con una corona de espinas y tal vez crucificado. Compartir la realeza con Jesús significa participar de su pasión. Las personas LGBTIQ+ -y creo que especialmente las creyentes- no dejamos de pertenecer al colectivo de últimos y despreciados, ni siquiera en el mejor de los contextos. Y aunque superemos nuestros miedos, dispongamos de nuestros derechos, contemos nuestras historias, compartamos nuestras esperanzas y demos fe de nuestra confianza en Dios, padre/madre que nos ha creado como obra perfecta suya, aún así habrá quien nos acuse y quiera colgarnos de una cruz, incluso en nombre de un extraño Cristo Rey que necesita que se le hagan sacrificios humanos con todas aquellas personas que no se ajustan a los comportamientos ni a los cánones que marcan la tradición y la doctrina.


De alguna forma todo esto último me hace plenamente consciente de lo que significa la auténtica realeza de Cristo, porque lo fácil sería huir pero hago justo lo contrario, desinstalándome e implicándome hasta donde puedo, a veces sin medir las consecuencias.

Ya estoy muy lejos del armario y a estas alturas me cautiva más el Jesús provocador que el prudente. Y me siento en comunión con Él cuando dice a Pilato que su misión consiste en dar testimonio de la verdad. Imagino que las personas LGBTIQ+ cristianas estamos llamadas a ser testigos de la verdad. Nuestras realidades han sido muchas veces tan penosas, nuestras historias tan dolorosas, que la presencia de Dios en nuestras vidas ha sido especialmente liberadora, y nos ha contagiado la necesidad de denunciar la injusticia y favorecer a los perseguidos, los excluidos, los apartados a las fronteras, los últimos y olvidados.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Jesús le contestó: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?" Pilato replicó: "¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?" Jesús le contestó:

"Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí." Pilato le dijo: "Conque, ¿tú eres rey?" Jesús le contestó: "Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz." 

noviembre 16, 2024

CLVIII EL JUICIO FINAL


Sobre
Marcos 13, 24-32


Cuando, siendo un niño, comencé a intuir con cierta lucidez mi identidad sexual, los textos donde aparecía cualquier alusión al apocalipsis o el fin de los tiempos me provocaban mucho temor. Un miedo más intenso y perceptible que el que podría sentir, posiblemente, otro chaval de mi misma edad que no fuera homosexual. Era así porque, al fin y al cabo, mi fe desde pequeño se construyó en base a una educación moral y religiosa en la que cualquier persona como yo estaba predestinada al infierno. Así de claro. Aunque sabía que podría salvarme si lograba apartar a un lado esos sentimientos impuros y deseos pecaminosos —algo que no podía evitar, como no podía dejar de tener los ojos azules—, o bien si me arrepentía de corazón y rogaba a Dios que me ayudase a eludir ser así —lo cual hacía con frecuencia siendo el fondo recurrente de mi oración a lo largo de muchos años. Evidentemente esos rezos para que me convirtiera en lo que no era no tuvieron respuesta. 

Este sentir, como puede sospecharse, se prolongó hasta mucho después de mi niñez.


Estaba claro que Dios no tenía ninguna intención de impedir que su obra fuese diferente a como la había creado —en este caso un chaval medio rubio, no muy alto, de ojos claros, algo tímido y propenso a meterse en líos. Por el contrario, Dios tenía pensado que desarrollara mi identidad y afectividad como algo natural, perfectamente bueno y agradable a los ojos del Creador, a sus ojos de Padre. 

He de decir que esos planes de Dios no se me pasaban por la cabeza. Me habían explicado que Él era bueno con todas y todos. Pero aquello era la teoría. Nadie me había enseñado lo realmente importante: a apreciar, a oír, a ver o a sentir lo inmensamente bondadoso que es el Creador; que lo era tanto como para que el hecho de que yo fuera homosexual resultase algo tan anecdótico como el color de mi pelo. 

Por eso, porque desconocía la trascendencia del Amor de Dios, seguí intimidado en el armario por mucho tiempo pensando que, tal como decía el evangelio de Marcos, el sol se haría tinieblas sobre mí, la luna no daría su resplandor, los astros se tambalearían, y el Hijo del hombre aparecería con gran poder y majestad enviando a los ángeles para reunir a los elegidos entre los cuales, evidentemente, yo no podría estar.


Hay un cuadro en el Museo de Bellas Artes de Sevilla que de niño me paralizaba literalmente, me clavaba en el suelo y no podía dejar de observarlo al detalle hasta que alguien me arrancaba del lugar. Es “El Juicio Final”, pintado por Martín de Vos. Las personas que son arrastradas por diablos y seres terribles al infierno tienen cara de miedo y expresión de terror. Algunas miran hacia arriba, implorantes, donde se sitúan María y los santos, y otras giran trágicamente el rostro al lado donde las almas resucitadas son recibidas por los ángeles. En la parte superior del cuadro, al centro, está Jesús en actitud de juzgar. Y a un metro me encontraba yo asustado, espantado ante lo que podría sucederme, meditando qué decir al juez en mi defensa.


Es muy triste crecer permanentemente atemorizado, siempre acobardado porque te hacen creer que lo que eres no vale, porque eres todo pecado, porque tu comportamiento vital es intrínsecamente desordenado y contrario a la ley natural (PH 8; CIC 2357) y que cuando Jesús regrese con gloria de los cielos a juzgar a vivos y muertos, tu nombre ya está escrito en la lista de los desventurados destinados al infierno.

Para algunas personas LGBTIQ+ la vida era ya un tremendo infierno, así que resultaba muy tentador acabar con ella cuanto antes.


Me costó bastante tiempo y un largo desierto, pero finalmente vencí al miedo. Una de las muchas razones que me empujaron a salir del armario fue el convencimiento de que Dios verdaderamente me ama tal como soy. Esa certeza hizo saltar por los aires cualquier sentimiento de culpabilidad y de pecado con respecto a mi identidad. Por primera vez pude ponerme ante el Padre y hablarle como homosexual, sin caretas ni disfraces. 

Hasta ese momento había tenido que ofrecer en sacrificio una parte de mí para poder congraciarme con Él, sin darme cuenta de que, en verdad, Dios no tenía nada que ver con ese holocausto. Y, aunque aquello sucedió hace años, es ahora cuando la oración me posibilita encontrar sentido a todo eso que viví, con mayor o menor dolor, durante un periodo prolongado de mi historia.

No me quejo. Cualquier experiencia era de Dios, incluso esas en que parecía ausente, esas que parecían parte de un escenario del apocalipsis que tanto miedo me daba. Y es que ahora sé que, como para cualquier persona LGBTIQ+ creyente, el fin del mundo sucedió durante el tiempo de la vida en que no pude ser yo, porque como persona estaba negado por los demás y, consecuentemente, anulado por mí mismo, auto castigado por ser homosexual. Las personas LGBTIQ+ creyentes tenemos que atravesar momentos de oscuridad, de astros y estrellas cayendo sobre nuestras cabezas, antes de poder disfrutar de la presencia del Padre y reconocernos como obra perfecta suya.


El texto de Marcos es precioso cuando dice que tras la gran angustia llegará el brotar de las yemas en las ramas de la higuera, como señal de la cercanía del Hijo de Dios. Y es cierto: Doy testimonio de mi vida en el tiempo en que no era yo, no podía serlo y por lo mismo me alejaba del Padre. En esa etapa hubo tinieblas, los astros cayeron sobre mi cabeza y era el fin de todo. Son los años en los que no encuentro sentido a nada, me desespero, tomo decisiones equivocadas y fracaso al despreciar la presencia de Jesús en mí.

Pero cuando recobro las fuerzas y recupero la lucidez, Dios se hace fuerte y las yemas empiezan a brotar en las ramas de mi vida.


El apocalipsis es espacio de oscuridad, de temor, de dolor, de soledad. Es algo que supuestamente sucede al final de los tiempos pero no siempre es así. Cualquier persona LGBTIQ+ puede confirmar que los cielos y la tierra se derrumban sobre sus cabezas al principio de sus historias vitales, cuando todo se complica, y ese fin del mundo terrible solo acaba cuando tomas consciencia de la bondad de Dios, te dejas hacer por Él, confías y por fin notas cómo brotan las tiernas yemas en tu aparentemente duro y seco corazón. 


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.»


noviembre 09, 2024

CLVII DAR DE CORAZÓN



Sobre
 Marcos 12, 38-44


Sentía algo cuando estuve dentro del armario, que se mantuvo una vez salí de él, incluso se prolonga hasta ahora en algunos entornos, en ciertos espacios, en diferentes circunstancias. Es la misma sensación que, seguramente, vivía con resignada naturalidad la viuda que nos presenta el evangelista, la misma percepción de ser invisible, de sentirse alguien perfectamente descartable.


La viuda en realidad entra en el recinto del Templo como un fantasma. Es muy probable que nadie se fijara en ella, mezclada entre los últimos de la sociedad. No llamaba la atención de nadie el hecho de que echara solo dos monedas del menor valor al cofre de las ofrendas, porque no se esperaba más de alguien así. Era una mujer invisible. Invisible para todos excepto para Jesús, que sabe ver más profundo de lo que perciben los ojos de quienes allí estaban. Es entonces cuando el Maestro explica que esos dos reales valen mucho más que cualquier fortuna que los poderosos pudieran depositar en aquel lugar.


El relato del evangelio empieza con una advertencia sobre los dirigentes religiosos. Jesús es muy duro describiendo sus comportamientos. Sitúa en un espejo discordante al poder religioso que actúa con fatuidad y arrogancia, frente a una mujer imperceptible y dramáticamente prescindible, que obra desde la generosidad y la humildad.

La viuda tuvo totalmente asumido que estaba muy por debajo de los Maestros de la Ley. Como yo, estando aún en el armario, ella había aceptado sumisamente situarse muy por detrás de los que manejaban la religión e interpretaban a Dios mismo. 


El discurso de Jesús refiriéndose a la clase religiosa podría pronunciarse hoy en cualquier foro, firmado por algún teólogo valiente, y más de uno en palacios, despachos y conventos se sentiría ofendido, quedando en evidencia. Aunque es natural que Jesús no se refiriese a todas las personas que ostentaban el poder del Templo. Habría a buen seguro quienes eran coherentes y fieles a la Ley. Igualmente, durante mis años escondido en el ropero, hubo personas de Iglesia que me parecieron mujeres y hombres buenos con quienes, si hubiese sido capaz, podría haberme sincerado y me habrían ayudado de forma valiente. Como de hecho me demostró alguno de ellos cuando me decidí a salir del armario. O me han demostrado otros con su sensibilidad y su valentía pese a su posición comprometida. Y aún así, incluso con la experiencia de acompañamiento de esos buenos pastores que no se escandalizaron con mis cosas, esa sensación de pertenecer a los últimos no se me termina de ir para dejarme en paz.


La lectura del evangelio de Marcos me hace recordar las imágenes de un Cardenal español portando una larga capa, recogida en volandas metros atrás por dos acólitos, camino del trono donde presidió la toma de posesión de su cargo en una ciudad de nuestro país. Y me venían a la memoria las habituales declaraciones ofensivas y obscenas de esa persona hacia el colectivo LGBTIQ+. Está claro que las palabras de Jesús parecen dirigidas a ese tipo de Maestros de la Ley que viven con mayor pasión la observancia de la tradición que el crear comunidad. Ante este estilo de poder religioso sigo sintiéndome un cero a la izquierda, y siento rubor al creer que soy -somos- como la viuda que, para hacer Iglesia, echa en el cofre todo lo que tiene, mientras esos depositan de lo que les sobra y aún así alardean. (Siento rubor porque la viuda me lleva mucha ventaja en desprendimiento y, sobre todo, en confianza absoluta en Dios).


De todo esto que hierve en la oración de hoy, surgen dos reflexiones. La primera, que siendo cierto que aún hay una parte importante del poder religioso que se aferra a la tradición y la doctrina, anteponiéndolo todo por encima del mensaje liberador del Evangelio, es verdad que cada vez surgen más personas de entre los que forman ese poder religioso, que trabajan con otro talante, con una actitud conciliadora e inclusiva. El discurso de Jesús advirtiéndonos de cómo actúan los Maestros de la Ley tiene plena vigencia hoy, pero es honesto reconocer que el Espíritu de Dios actúa transformando corazones de piedra en corazones que se encarnan.

Y la segunda reflexión: Es cierto que -rubores aparte- las personas LGBTIQ+ cristianas tenemos mucho de aquella viuda, pues ciertamente damos de lo que no nos sobra para hacer Iglesia y crear una comunidad donde quepamos todas y donde todos podamos desarrollar nuestros dones en igualdad. Por lo mismo, es necesario que adoptemos como nuestra la disposición agradecida de la viuda, que actúa en silencio, en honda relación directa con el Creador, confiadamente, generosamente. Solo desde ahí, desde esa subversiva manera de intimar con Dios, podremos las mujeres y los hombres LGBTIQ+ creyentes liberarnos del resentimiento y seremos capaces de perdonar a manos llenas.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: "¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa." Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a los discípulos, les dijo: "Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir."