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noviembre 02, 2024

CLVI L@S NO TAN PRÓJIM@S


Desde
Marcos 12, 28b-34


Una tarde, un chico se acercó a orar ante el Santísimo, como tantas veces. Entró en la capilla y se arrodilló. Cuando estaba en mitad de sus rezos, un hombre se acercó a él y, a plena voz, le dijo que tenía que marcharse, porque ni él, ni gente como él, eran bienvenidos en la Iglesia. 

El joven se asustó, porque lo que estaba sucediendo le parecía inimaginable y se sobresaltó. Entonces el hombre repitió en el mismo tono, para que todas las personas que estaban en la capilla lo escucharan, que no era bien recibido él ni nadie como él, señalando una pulsera con el arcoíris y el pez de Ichthys que llevaba en la muñeca. El hombre decía “no tienes nada que hacer aquí, no sois bienvenidos en la Iglesia, márchate”.

Nadie increpó a este buen cristiano. Nadie evitó lo que estaba sucediendo. El joven se levantó confundido, y salió de la capilla. Dentro siguieron rezando ante el Santísimo.

Esta historia sucedió de verdad. Ojalá no. Hace solo unos meses.


A Jesús le preguntaron por el primer mandamiento. Respondió: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

Verdaderamente, esas personas de la capilla estaban cumpliendo ese mandamiento. Ciegamente. Por encima de todo. Por encima de todas y de todos.


El segundo —añade Jesús— es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El escriba había tendido al Maestro una trampa, pero acaba asombrado ante la respuesta de Jesús y, admirado, dice: Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. 

¡Dice que amar al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios!

En aquella capilla se quedaron con sus holocaustos y sus sacrificios. Pero no amaron al prójimo.


Porque Jesús, ni en este pasaje ni en ningún otro hace diferencias entre quiénes son prójimos dignos y quiénes no. Para Él todas y todos son merecedores del amor de sus semejantes. Y sin ese amor a los demás, de nada sirven holocaustos ni sacrificios. De nada vale amar a Dios.


El mensaje de Jesús en Marcos resuena con un poder especial para aquellos que hemos experimentado el rechazo. Afirmar que el amor es el mandamiento más importante significa reconocer que toda acción debe ser evaluada en función de si promueve o no el bienestar, la dignidad y el respeto de los demás.


Para la comunidad LGBTIQ+, este pasaje no solo es un recordatorio del amor incondicional de Dios, sino también una invitación a desafiar cualquier discurso religioso o cultural que siembre odio o exclusión. Si el amor es el mandato fundamental, entonces cualquier forma de discriminación o rechazo carece de fundamento desde la perspectiva cristiana que Jesús propone.


Jesús llama a amar al prójimo sin condiciones, y este llamado incluye a todos y todas, tal como son.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?" Respondió Jesús: "-El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos." El escriba replicó: "Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios." Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: "No estás lejos del reino de Dios." Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

octubre 26, 2024

CLV QUE PUEDA VER


Sobre
 Marcos 10, 46-52


Mi armario, como tantos otros, era un lugar oscuro. Tan oscuro que perdí la vista a fuerza de no ver la luz. Desde muy pequeño estuve tan preocupado por esconderme y aparentar lo que no era que, acostumbrado a las tinieblas, me olvidé de ver. En el armario no hay claridad. No hay ventanas abiertas al sol ni a la esperanza. No hay nadie con quien compartir ni tan siquiera la angustia, ni la soledad, ni el miedo, ni las dudas, ni los sueños.

Pero no dejé de estar cerca de Dios. No era mérito mío sino del Padre, conservarme la fe pese a tantos inconvenientes, tantas dudas, tanto miedo. Es terrible pasar tanto tiempo temiendo, sólo por ser diferente, sentir diferente o amar de otra forma distinta a lo habitual.


El hombre ciego del relato era una persona despreciada, sobre la que cargaban tanto la tradición como la religión, atribuyéndole castigos divinos y abrumándole con prejuicios y recelos. Puede que Bartimeo no fuera capaz de ver a Jesús pero lo ansiaba, deseaba estar cerca de Él. Confiaba tanto en que sólo Jesús podía aliviarle, y su fe era tan fuerte y firme, que no dudó en buscarle hasta que consiguió acercarse lo suficiente. Entonces Jesús escuchó sus gritos suplicándole poder ver.

De alguna manera la historia del hijo de Timeo me conmueve porque su actitud de búsqueda de Dios se asemeja a la de muchas personas LGBTIQ+ creyentes que conozco y también a mi propia experiencia.


Durante un tiempo fui incapaz de ver a Jesús, porque me sentía abandonado por Él, anhelaba con todas mis fuerzas poder encontrarlo, poder contarle y pedirle lo que para el ciego era su mayor deseo -“Maestro, que recobre la vista”-, pero que yo pronunciaba con otras palabras (aunque las mismas) una y otra vez: “Señor, evítame este dolor, por favor, hazme ‘normal’”.

La ceguera, pues, no era inconveniente para mantener viva la fe. No recuerdo en mi vida ningún instante en el que realmente la fe se apagara totalmente. Ni siquiera en los momentos de largo desierto poco antes de salir del armario. Tan solo con dieciséis años la ceguera era tan perceptible y dolorosa y tanta la sensación de soledad, que empujé a Dios a un lado e intenté quitarme la vida. Pero cuando regresé, aún sin poder verlo todavía, sabía que estaba ahí cerca.


Gritar insistentemente al borde del camino hasta que por fin Jesús atiende nuestro ruego no es más que depositar toda nuestra confianza y abandonarnos en Él, optar con pleno convencimiento por Él como único Salvador, porque tenemos la seguridad de que es quien da total sentido a nuestra vida.

Y en el minuto en que Jesús pregunta “¿qué quieres que haga por ti?”, el tiempo se para, todo se hace nuevo y la vida se transforma.


La fe de Bartimeo es tan inquebrantable, tan sólida, que no duda en ponerse al pie del sendero y gritar tan fuerte como puede para que el Señor se fije en Él. Ahí olvida que es un marginado, hace caso omiso a las murmuraciones, ni siquiera tiene capacidad para saber con certeza si Jesús está cerca o lejos, si hay mucha gente que lo tape o no. Solo espera y confía.


Igualmente las personas LGBTIQ+ creyentes somos como este ciego: nos ponemos ante Jesús sin importarnos las circunstancias, ni qué dirán o rumorearán. Esperamos y confiamos en el Señor porque es el único que puede hacernos ver en plenitud. Nuestra fe es fuerte porque ha superado muchos obstáculos, y eso la hace ser un don apreciado e irrenunciable.

Y, una vez libres de la ceguera, lo que hoy por hoy Jesús nos pide es que seamos personas misericordiosas, justas, valientes, dispuestas a perdonar, a dar incluso antes de recibir.

No somos víctimas ni pedimos cuentas. Tan solo somos el ciego del camino, que ha recobrado la luz.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: "Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí." Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: "Hijo de David, ten compasión de mí." Jesús se detuvo y dijo: "Llamadlo." Llamaron al ciego, diciéndole: "Ánimo, levántate, que te llama." Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: "¿Qué quieres que haga por ti?" El ciego le contestó: "Maestro, que pueda ver." Jesús le dijo: "Anda, tu fe te ha curado." Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. 

octubre 19, 2024

CLIV SI NO SIRVO, ¿PARA QUÉ SIRVO?


Sobre
 Marcos 10, 35-45


Como Santiago y Juan, yo también pedía siendo aún muy niño, desde el fondo de mi infantil armario, sentarme a la derecha o a la izquierda de Jesús. En realidad me daba igual el lado, como si me sentaba a sus pies, en el centro, en una esquina o en un aparte donde no molestara demasiado. Yo sólo quería asegurarme de que al final estaría con Jesús. 

Puede que mi petición —insistente, machacona, obstinada, casi terca— no fuera tan pretenciosa y atrevida como la de los hijos de Zebedeo. No. En el fondo, lo que le pedía a Jesús es que me hiciera “normal”, como los demás chavales de mi clase. Porque de la misma manera que despacio —quizá a los nueve o diez años—, poco a poco me iba descubriendo a mí mismo diferente, al mismo tiempo desde cualquier ámbito llegaban a mis oídos, a mis ojos, a mi corazón, enseñanzas y comportamientos que me advertían con claridad que lo que yo era y como yo era no podía ser bueno. Me sentía sucio, culpable, pecador, sin saber muy bien qué estaba haciendo mal pero sin poder evitarlo. Esta sensación de imperfección y culpa se prolongó durante tantos años que aprendí a convivir con ella, a disfrazarla de naturalidad y a representar el papel de una persona que no era yo, pero que me permitía vivir sin que nadie me señalara con el dedo o con el puño. Mientras tanto, seguía pidiendo a Jesús que me hiciera como a cualquiera de mis amigos, que me gustaran las chicas y no los chicos, porque estaba seguro de que si eso ocurría podría sentarme a la derecha del Maestro, o a su izquierda, o en un rincón, pero cerca de Él.


Estoy convencido de que Dios se sirvió de esa obstinación mía por pedirle “normalidad” para crear de esa manera un vínculo entre los dos que no fui capaz de romper nunca, ni siquiera en los años de mayor oscuridad, cuando nada tenía sentido y menos aún cualquier cosa que tuviera que ver con una fe que se apagaba. Ahora que he aprendido a mirar atrás y rastrear las huellas de Dios en mi vida, me doy cuenta de que nunca dejó de quererme, de protegerme ni de sorprenderme. Y algo más: me permitió apreciar el detalle de que sin Él soy bien poca cosa.


Las personas LGBTIQ+ creyentes, que experimentamos durante un tiempo de nuestras vidas el destierro más o menos inducido de los armarios, cuando salimos de ellos corremos el riesgo de sentirnos protagonistas en todo y de todo, centros artificiales de atención, y en esa actitud de estrellas, nos creemos con más derecho que nadie para pedir que nos guarden un sitio a la derecha o a la izquierda de Jesús. Un lugar preferente desde el que observar cómo juzgan a quienes nos humillaron.

Esa es una forma de entender el Reino muy parecida a como pensaban Santiago y Juan. Pero Jesús les plantea otra realidad muy distinta, que también nos propone igualmente. 

Si bien puede que nuestras historias de vida estén generosamente salpicadas de copas de amargura y pruebas terribles, eso no nos permite, por sí, poder elegir nuestro puesto porque, tal como dice el propio Jesús, eso no le toca a Él concederlo. Más bien nos señala un camino para abandonar cualquier sentimiento de victimismo y renunciar a cualquier tentación de venganza o desleal empoderamiento. Nos pide que nos pongamos al final y en actitud de servicio, los últimos y las servidoras de todos.


Este talante de generosidad y entrega es desconcertante para quienes nos observan. En más de una ocasión me comentaron cuánto asombra nuestro sentimiento de pertenencia filial y de amor generoso hacia la Iglesia, la misma que, cada poco tiempo, tanto nos alegra con sus abrazos como nos duele con sus desprecios. Puede que precisamente porque sabemos lo que es sufrir mucho, también hemos aprendido a perdonar setenta veces siete. Por lo mismo, estoy persuadido de que no hay mayor denuncia profética que poner la otra mejilla, como también lo es señalar a los incoherentes y publicar sus contradicciones. Ambas cosas las hizo Jesús y ambas son igual de valientes y eficaces.


Como puedes imaginar, mi petición de niño, de adolescente y de joven también, se hizo realidad y Jesús me la concedió: me hizo ver que soy una persona normal porque Dios me ha hecho perfecto como a cualquier obra de sus manos. Desde hace tiempo mis preces van por otro lado, aunque todo conduce al mismo punto, es decir, a hacer posible el Reino de Dios y su justicia. Hace años llegó a mí un juego de palabras que decía “si no sirvo, ¿para qué sirvo?”. Esa es, pues, mi petición al Padre: que me dé fuerzas para servir y así ser útil. Es la paradoja de Dios: de lo débil hizo lo fuerte. Dios no estaba en la tormenta. Dios sí estaba en la brisa.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: "Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir." Les preguntó:- "¿Qué queréis que haga por vosotros?" Contestaron: "Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda." Jesús replico: "No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?" Contestaron: "Lo somos" "Jesús les dijo: "El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado." Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: "Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos."