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noviembre 09, 2024

CLVII DAR DE CORAZÓN



Sobre
 Marcos 12, 38-44


Sentía algo cuando estuve dentro del armario, que se mantuvo una vez salí de él, incluso se prolonga hasta ahora en algunos entornos, en ciertos espacios, en diferentes circunstancias. Es la misma sensación que, seguramente, vivía con resignada naturalidad la viuda que nos presenta el evangelista, la misma percepción de ser invisible, de sentirse alguien perfectamente descartable.


La viuda en realidad entra en el recinto del Templo como un fantasma. Es muy probable que nadie se fijara en ella, mezclada entre los últimos de la sociedad. No llamaba la atención de nadie el hecho de que echara solo dos monedas del menor valor al cofre de las ofrendas, porque no se esperaba más de alguien así. Era una mujer invisible. Invisible para todos excepto para Jesús, que sabe ver más profundo de lo que perciben los ojos de quienes allí estaban. Es entonces cuando el Maestro explica que esos dos reales valen mucho más que cualquier fortuna que los poderosos pudieran depositar en aquel lugar.


El relato del evangelio empieza con una advertencia sobre los dirigentes religiosos. Jesús es muy duro describiendo sus comportamientos. Sitúa en un espejo discordante al poder religioso que actúa con fatuidad y arrogancia, frente a una mujer imperceptible y dramáticamente prescindible, que obra desde la generosidad y la humildad.

La viuda tuvo totalmente asumido que estaba muy por debajo de los Maestros de la Ley. Como yo, estando aún en el armario, ella había aceptado sumisamente situarse muy por detrás de los que manejaban la religión e interpretaban a Dios mismo. 


El discurso de Jesús refiriéndose a la clase religiosa podría pronunciarse hoy en cualquier foro, firmado por algún teólogo valiente, y más de uno en palacios, despachos y conventos se sentiría ofendido, quedando en evidencia. Aunque es natural que Jesús no se refiriese a todas las personas que ostentaban el poder del Templo. Habría a buen seguro quienes eran coherentes y fieles a la Ley. Igualmente, durante mis años escondido en el ropero, hubo personas de Iglesia que me parecieron mujeres y hombres buenos con quienes, si hubiese sido capaz, podría haberme sincerado y me habrían ayudado de forma valiente. Como de hecho me demostró alguno de ellos cuando me decidí a salir del armario. O me han demostrado otros con su sensibilidad y su valentía pese a su posición comprometida. Y aún así, incluso con la experiencia de acompañamiento de esos buenos pastores que no se escandalizaron con mis cosas, esa sensación de pertenecer a los últimos no se me termina de ir para dejarme en paz.


La lectura del evangelio de Marcos me hace recordar las imágenes de un Cardenal español portando una larga capa, recogida en volandas metros atrás por dos acólitos, camino del trono donde presidió la toma de posesión de su cargo en una ciudad de nuestro país. Y me venían a la memoria las habituales declaraciones ofensivas y obscenas de esa persona hacia el colectivo LGBTIQ+. Está claro que las palabras de Jesús parecen dirigidas a ese tipo de Maestros de la Ley que viven con mayor pasión la observancia de la tradición que el crear comunidad. Ante este estilo de poder religioso sigo sintiéndome un cero a la izquierda, y siento rubor al creer que soy -somos- como la viuda que, para hacer Iglesia, echa en el cofre todo lo que tiene, mientras esos depositan de lo que les sobra y aún así alardean. (Siento rubor porque la viuda me lleva mucha ventaja en desprendimiento y, sobre todo, en confianza absoluta en Dios).


De todo esto que hierve en la oración de hoy, surgen dos reflexiones. La primera, que siendo cierto que aún hay una parte importante del poder religioso que se aferra a la tradición y la doctrina, anteponiéndolo todo por encima del mensaje liberador del Evangelio, es verdad que cada vez surgen más personas de entre los que forman ese poder religioso, que trabajan con otro talante, con una actitud conciliadora e inclusiva. El discurso de Jesús advirtiéndonos de cómo actúan los Maestros de la Ley tiene plena vigencia hoy, pero es honesto reconocer que el Espíritu de Dios actúa transformando corazones de piedra en corazones que se encarnan.

Y la segunda reflexión: Es cierto que -rubores aparte- las personas LGBTIQ+ cristianas tenemos mucho de aquella viuda, pues ciertamente damos de lo que no nos sobra para hacer Iglesia y crear una comunidad donde quepamos todas y donde todos podamos desarrollar nuestros dones en igualdad. Por lo mismo, es necesario que adoptemos como nuestra la disposición agradecida de la viuda, que actúa en silencio, en honda relación directa con el Creador, confiadamente, generosamente. Solo desde ahí, desde esa subversiva manera de intimar con Dios, podremos las mujeres y los hombres LGBTIQ+ creyentes liberarnos del resentimiento y seremos capaces de perdonar a manos llenas.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: "¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa." Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a los discípulos, les dijo: "Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir." 

noviembre 02, 2024

CLVI L@S NO TAN PRÓJIM@S


Desde
Marcos 12, 28b-34


Una tarde, un chico se acercó a orar ante el Santísimo, como tantas veces. Entró en la capilla y se arrodilló. Cuando estaba en mitad de sus rezos, un hombre se acercó a él y, a plena voz, le dijo que tenía que marcharse, porque ni él, ni gente como él, eran bienvenidos en la Iglesia. 

El joven se asustó, porque lo que estaba sucediendo le parecía inimaginable y se sobresaltó. Entonces el hombre repitió en el mismo tono, para que todas las personas que estaban en la capilla lo escucharan, que no era bien recibido él ni nadie como él, señalando una pulsera con el arcoíris y el pez de Ichthys que llevaba en la muñeca. El hombre decía “no tienes nada que hacer aquí, no sois bienvenidos en la Iglesia, márchate”.

Nadie increpó a este buen cristiano. Nadie evitó lo que estaba sucediendo. El joven se levantó confundido, y salió de la capilla. Dentro siguieron rezando ante el Santísimo.

Esta historia sucedió de verdad. Ojalá no. Hace solo unos meses.


A Jesús le preguntaron por el primer mandamiento. Respondió: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

Verdaderamente, esas personas de la capilla estaban cumpliendo ese mandamiento. Ciegamente. Por encima de todo. Por encima de todas y de todos.


El segundo —añade Jesús— es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El escriba había tendido al Maestro una trampa, pero acaba asombrado ante la respuesta de Jesús y, admirado, dice: Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. 

¡Dice que amar al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios!

En aquella capilla se quedaron con sus holocaustos y sus sacrificios. Pero no amaron al prójimo.


Porque Jesús, ni en este pasaje ni en ningún otro hace diferencias entre quiénes son prójimos dignos y quiénes no. Para Él todas y todos son merecedores del amor de sus semejantes. Y sin ese amor a los demás, de nada sirven holocaustos ni sacrificios. De nada vale amar a Dios.


El mensaje de Jesús en Marcos resuena con un poder especial para aquellos que hemos experimentado el rechazo. Afirmar que el amor es el mandamiento más importante significa reconocer que toda acción debe ser evaluada en función de si promueve o no el bienestar, la dignidad y el respeto de los demás.


Para la comunidad LGBTIQ+, este pasaje no solo es un recordatorio del amor incondicional de Dios, sino también una invitación a desafiar cualquier discurso religioso o cultural que siembre odio o exclusión. Si el amor es el mandato fundamental, entonces cualquier forma de discriminación o rechazo carece de fundamento desde la perspectiva cristiana que Jesús propone.


Jesús llama a amar al prójimo sin condiciones, y este llamado incluye a todos y todas, tal como son.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?" Respondió Jesús: "-El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos." El escriba replicó: "Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios." Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: "No estás lejos del reino de Dios." Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

octubre 26, 2024

CLV QUE PUEDA VER


Sobre
 Marcos 10, 46-52


Mi armario, como tantos otros, era un lugar oscuro. Tan oscuro que perdí la vista a fuerza de no ver la luz. Desde muy pequeño estuve tan preocupado por esconderme y aparentar lo que no era que, acostumbrado a las tinieblas, me olvidé de ver. En el armario no hay claridad. No hay ventanas abiertas al sol ni a la esperanza. No hay nadie con quien compartir ni tan siquiera la angustia, ni la soledad, ni el miedo, ni las dudas, ni los sueños.

Pero no dejé de estar cerca de Dios. No era mérito mío sino del Padre, conservarme la fe pese a tantos inconvenientes, tantas dudas, tanto miedo. Es terrible pasar tanto tiempo temiendo, sólo por ser diferente, sentir diferente o amar de otra forma distinta a lo habitual.


El hombre ciego del relato era una persona despreciada, sobre la que cargaban tanto la tradición como la religión, atribuyéndole castigos divinos y abrumándole con prejuicios y recelos. Puede que Bartimeo no fuera capaz de ver a Jesús pero lo ansiaba, deseaba estar cerca de Él. Confiaba tanto en que sólo Jesús podía aliviarle, y su fe era tan fuerte y firme, que no dudó en buscarle hasta que consiguió acercarse lo suficiente. Entonces Jesús escuchó sus gritos suplicándole poder ver.

De alguna manera la historia del hijo de Timeo me conmueve porque su actitud de búsqueda de Dios se asemeja a la de muchas personas LGBTIQ+ creyentes que conozco y también a mi propia experiencia.


Durante un tiempo fui incapaz de ver a Jesús, porque me sentía abandonado por Él, anhelaba con todas mis fuerzas poder encontrarlo, poder contarle y pedirle lo que para el ciego era su mayor deseo -“Maestro, que recobre la vista”-, pero que yo pronunciaba con otras palabras (aunque las mismas) una y otra vez: “Señor, evítame este dolor, por favor, hazme ‘normal’”.

La ceguera, pues, no era inconveniente para mantener viva la fe. No recuerdo en mi vida ningún instante en el que realmente la fe se apagara totalmente. Ni siquiera en los momentos de largo desierto poco antes de salir del armario. Tan solo con dieciséis años la ceguera era tan perceptible y dolorosa y tanta la sensación de soledad, que empujé a Dios a un lado e intenté quitarme la vida. Pero cuando regresé, aún sin poder verlo todavía, sabía que estaba ahí cerca.


Gritar insistentemente al borde del camino hasta que por fin Jesús atiende nuestro ruego no es más que depositar toda nuestra confianza y abandonarnos en Él, optar con pleno convencimiento por Él como único Salvador, porque tenemos la seguridad de que es quien da total sentido a nuestra vida.

Y en el minuto en que Jesús pregunta “¿qué quieres que haga por ti?”, el tiempo se para, todo se hace nuevo y la vida se transforma.


La fe de Bartimeo es tan inquebrantable, tan sólida, que no duda en ponerse al pie del sendero y gritar tan fuerte como puede para que el Señor se fije en Él. Ahí olvida que es un marginado, hace caso omiso a las murmuraciones, ni siquiera tiene capacidad para saber con certeza si Jesús está cerca o lejos, si hay mucha gente que lo tape o no. Solo espera y confía.


Igualmente las personas LGBTIQ+ creyentes somos como este ciego: nos ponemos ante Jesús sin importarnos las circunstancias, ni qué dirán o rumorearán. Esperamos y confiamos en el Señor porque es el único que puede hacernos ver en plenitud. Nuestra fe es fuerte porque ha superado muchos obstáculos, y eso la hace ser un don apreciado e irrenunciable.

Y, una vez libres de la ceguera, lo que hoy por hoy Jesús nos pide es que seamos personas misericordiosas, justas, valientes, dispuestas a perdonar, a dar incluso antes de recibir.

No somos víctimas ni pedimos cuentas. Tan solo somos el ciego del camino, que ha recobrado la luz.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: "Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí." Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: "Hijo de David, ten compasión de mí." Jesús se detuvo y dijo: "Llamadlo." Llamaron al ciego, diciéndole: "Ánimo, levántate, que te llama." Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: "¿Qué quieres que haga por ti?" El ciego le contestó: "Maestro, que pueda ver." Jesús le dijo: "Anda, tu fe te ha curado." Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.