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octubre 12, 2024

CLIII DARME, TAL CUAL


Sobre
 Marcos 10, 17-30



La interpretación habitual de este pasaje del Evangelio se refiere a la necesidad de compartir los bienes materiales en favor de quien menos tiene, incluso hasta el extremo de darlo todo. Y no puedo obviar ese sentido particular de cuanto responde Jesús al joven rico, cuando este le pregunta qué ha de hacer para heredar la vida eterna. De hecho desde ahí parte mi oración personal en torno al texto de Marcos. Pero primero, como suelo hacer, necesito poner mi experiencia de vida ante Dios y notar su eco. Sólo así podré interpretar la Palabra desde un punto de vista LGBTIQ+, que al fin y al cabo es lo que soy. Incluso por encima de parecerme o no al joven del relato.


Como con frecuencia he narrado, antes de salir del armario me ocupé de buscar frenéticamente qué decía Jesús acerca de las personas LGBTIQ+. Desde luego no encontré nada. Jesús se expresa con claridad sobre los colectivos excluidos de su época: los pobres, los enfermos, los niños, las mujeres… Y con dureza ante quienes no eran capaces de entender su mensaje. Sin embargo, ni una palabra referente a las personas no heterosexuales —la palabra homosexual no existía en la Antigüedad. Y está claro que en la sociedad judía de esos años también había personas que no eran exactamente heterosexuales, lo cual no parece que preocupara tanto a Jesús —ni la presencia de ese colectivo, ni sus comportamientos— como para que les dedicara una frase o se recogiera nada en ningún Evangelio.


En ese rastrear la voz de Cristo me paraba con frecuencia en estos versículos de Marcos. Me ponía en el lugar de ese hombre que se acerca al Maestro, y con él le preguntaba qué debía hacer para heredar la Vida Eterna. Hasta ese momento tenía muy claro lo que la doctrina de la Iglesia me contestaba: la Vida Eterna no era para mí. Incluso algún obispo se animó a afirmar que ni yo ni las personas como yo éramos auténticos hijos (e hijas) de Dios. Pero en lo más íntimo deseaba ardientemente que Jesús de Nazaret tuviera una palabra más amable y misericordiosa que dirigirme. Así es como me ponía ante Él y le preguntaba qué debía hacer para seguirle en fidelidad y de esa forma alcanzar el Reino.


Con el joven rico del Evangelio, Jesús inicia un diálogo muy interesante en el que, como cuando alguien pide entrar a formar parte de algo por lo que tiene mucho interés, le propone una serie de condiciones, de menos a más, de lo básico e imprescindible a lo difícil de superar. Jesús le dice que lo primero es cumplir los mandamientos, y curiosamente le nombra sólo aquellos que se refieren al prójimo. El joven contesta que eso ya lo hace, así que Jesús le plantea una condición más difícil: que vendiera sus bienes, entregara el dinero a los pobres y le siguiera. Ante eso el joven rico del relato se siente incapaz y se marcha entristecido.


Es cierto que este pasaje hoy puede inquietarme en el sentido que la exégesis común ilumina, es decir, porque sin ser una persona rica en patrimonio ni fortunas, es verdad que tengo más de lo que necesito en comparación a quien poco o nada tiene, y en esa lógica la respuesta de Jesús me exige un comportamiento coherente que pasa ineludiblemente por compartir. Pero cuando reflexionaba acerca de esta historia siendo un estudiante armarizado, mi riqueza económica era nula por lo que, puesto de rodillas y pronunciando la pregunta del joven rico ante Jesús, su respuesta con las condiciones para heredar la Vida Eterna no eran tan complicadas de cumplir, sin dejar de exigirme un esfuerzo de cohesión entre fe y vida que dependía de mi fortaleza o de mi debilidad. Aun así me quedaba esperando más condiciones, porque había una que se imponía desde la doctrina de una forma clara y era la necesaria renuncia a mi identidad sexual. Implícitamente, y asociado al conjunto de mandamientos que nombraba Jesús —aunque este ya no era referente al prójimo sino a mí mismo—, había un requisito inexcusable que escuchaba a mis educadores y oía en los púlpitos: un homosexual no podía alcanzar el Reino de Dios.


Por eso me quedaba meditando en el contraste entre las palabras de Jesus y el lenguaje de la Iglesia, entre la mirada misericordiosa de mi hermano Jesucristo y el juicio implacable de mis pastores o de hermanos en la fe. Y no había nada más. Yo le decía en la oración: “mira, Jesús, que hago lo posible por cumplir tus mandamientos y pongo los medios para compartir con quien lo necesita, y así puedo renunciar a mis egoísmos y a mi riqueza material, pero no me pidas renegar de lo que soy porque no puedo, no sé renunciar a mí mismo, no puedo dejar de ser así”.


Años después, una vez fuera del armario, esa oración pervive. Sigo siendo una persona débil con infinidad de fallos, pero procuro cumplir los mandamientos. Intento compartir lo que tengo y pretendo ser un hombre solidario. Mantengo mi pretensión de seguir a Jesucristo porque estoy enamorado de su Evangelio. Pero no puedo renunciar a lo que soy. La diferencia es que ahora tengo la certeza de que Jesús tampoco quiere renunciar a mí.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Jesús le contestó: "¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre." Él replico: "Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño." Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: "Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme." A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos: "¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!" Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: "Hijos, ¡que difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios." Ellos se espantaron y comentaban: "Entonces, ¿quién puede salvarse?" Jesús se les quedo mirando y les dijo: "Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo." Pedro se puso a decirle: "Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido." Jesús dijo: "Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más- casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna."

octubre 05, 2024

CLII LA MUJER


Sobre
 Marcos 10, 2-16



Cuando estaba en el armario, siempre puse al mismo nivel a las personas divorciadas y a las homosexuales. Quizá porque observaba que con ellos se aplicaban los mismos criterios de falta de misericordia que percibía se empleaban con las personas LGBTIQ+. Sin tener nada que ver un tema con otro, homosexuales y personas divorciadas coincidimos en las pesadas cargas que se nos imponen para alcanzar el Reino de Dios. Al menos esa era también mi percepción cuando estaba dentro del armario. Y hoy esa apreciación sólo cambia porque me hago consciente de algo fundamental: alcanzar el Reino de Dios no depende tanto de la doctrina moral de la Iglesia como de la actitud personal ante las circunstancias vitales. Es decir, que lo importante no es lo que diga la tradición, sino cómo traduzco la Palabra de Dios a mi vida y cómo pongo en práctica el Evangelio desde mí hacia las personas que me rodean.


Esta lectura de Marcos —como la paralela de Mateo— ha sido desde siempre una de las armas arrojadizas contra las personas divorciadas. Igual que otras son típicas en los argumentos bíblicos contra las personas LGBTIQ+. Tanto la exégesis como la hermenéutica actuales desmontan esas tesis que envían al infierno —como dice un obispo español— a hombres o mujeres divorciadas y a personas LGBTIQ+ por igual.

La idea de ir al infierno me es familiar. Durante buena parte de mi vida hicieron que creyese que acabaría allí. En mi imaginación infantil fantaseaba con que habría una zona inmensa repleta de homosexuales y divorciados. Cuando me convertí en adulto esa figuración del infierno me hacía sonreír por imposible. Siendo un crío me causaba miedo y angustia.


En tiempos de Jesús el divorcio existía. Pero era un derecho del hombre. La mujer no podía separarse de su marido salvo por extrañas razones que pocas veces eran demostrables. Sin embargo, el hombre podía divorciarse de su mujer por cualquier cosa: porque no supiera cocinar, porque tardara en darle hijos, porque sólo diera hijas. O porque encontraba otra más joven y más guapa; entonces disfrazaba sus razones con cualquier nimiedad, que sería dada por buena y el divorcio se llevaría a cabo con la bendición del Rabí. En verdad el hombre podía divorciarse cuando quisiera y repudiar a su esposa cambiándola por otra como se mudaba de ropa. La sociedad judía se basaba en un patriarcado masculino y machista que no dejaba lugar a la mujer. El varón copaba los puestos de decisión y poder y superaba con creces los derechos sobre las mujeres, hasta alienarlos completamente.

En medio de esa realidad los fariseos tienden a Jesús una trampa preguntándole su opinión sobre si era lícito que el marido se separara de su esposa.


La respuesta de Jesús está claramente dirigida a poner en valor a la mujer. Para ello les recuerda el relato de la creación en la que se cuenta cómo Dios creó iguales a varón y hembra. No puso a la mujer al servicio del hombre, ni por debajo del hombre, sino en planos similares, igualmente dignos. Jesús rompe la tradición que impone el control del hombre sobre la mujer, y a la pregunta directa de los fariseos —«¿le es lícito al marido separarse de su mujer?»— responde claramente que hombre y mujer ya no son dos sino uno solo, por lo que no es lo que diga el varón, sino que debe ser una sola voz. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.


Visto esto, la doctrina moral de la Iglesia con respecto al divorcio es fruto de una interpretación discutible de la Palabra, unido a la perpetuación de una tradición que no se inició hasta la segunda mitad del primer milenio después de Cristo, y que se mantiene hasta hoy. Se sabe que el papa Gregorio II admitía el divorcio hacia el siglo VII, igual que hay datos que prueban la existencia de uniones de personas del mismo sexo en las primeras comunidades cristianas, hasta entrado el siglo XIII. Pero dejando a un lado cualquier argumento y sea cual sea la explicación que quiera dársele, lo que Jesús plantea a los fariseos es la necesidad de transformar una sociedad hetero-machista por otra que trate en un mismo plano de igualdad de derechos y dignidad tanto al hombre como a la mujer. Ese debate creo que sigue abierto. Nuestro mundo ha dado muchísimos pasos y la mujer ha ganado todos los derechos en muchos países, pero incluso en el nuestro -donde hombre y mujer ante la ley son exactamente iguales- queda por hacer tanto que a veces se echa de menos un compromiso palpable por parte, en especial, de los cristianos.


¿Y por qué tras la oración personal sobre esta lectura tengo tan claro que falta un compromiso manifiesto por parte de los cristianos? Contemplando el texto de Marcos observaba a los fariseos buscando cómo pillar un fallo a Jesús, presentía a algunas personas observando, veía a los discípulos… incluso después a los niños con Jesús. Pero no notaba la presencia de ninguna mujer. Sin embargo estaban representadas en el Maestro. En realidad Jesús era la imagen de todas las mujeres y su voz. Por eso estamos llamados a mantener ese compromiso de Jesús por construir una sociedad libre de desigualdades. Ser un poco ellas con Él.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Llegaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: —¿Puede un hombre repudiar a su mujer? Les contestó: —¿Qué os mandó Moisés? Respondieron: —Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla. Jesús les dijo: —Porque sois obstinados Moisés escribió semejante precepto. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, [se une a su mujer] y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Una vez en casa, los discípulos le preguntaron de nuevo acerca de aquello. Él les dijo: —Quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera. Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio. Le traían niños para que los tocara, y los discípulos los reprendían. Jesús, al verlo, se enfadó y dijo: —Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Os aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los acariciaba y bendecía imponiendo las manos sobre ellos. 

septiembre 28, 2024

CLI INTERPRETAR EL EVANGELIO A LA LUZ DEL AMOR


Sobre
 Marcos 9, 38-43.45.47-48


Cuando salí del armario tuve que aprender a interpretar los Evangelios de manera diferente, de forma fuesen para mí Palabra alegre y en gran medida provocadora; la Palabra de Dios, ya a la luz del día, sin las tinieblas del ropero donde todo me llegaba tenebroso y distorsionado, había tomado otro sentido.

Buena parte del final de mi-vida-dentro-del-armario fui catequista. Y en esta etapa no me sentí nunca realmente feliz, en el pleno sentido de la palabra. Ciertamente, mi experiencia fue por un lado gratificante —pues aprendí mucho y recibí aún más—, por otro respetable (así lo creo) y evidentemente respetuosa —nunca me aparté de lo doctrinal, muy a mi pesar, porque en muchas ocasiones la doctrina casaba muy mal con mi experiencia. Finalmente, todo ello me llevó a enfrentarme a la verdad y a decidir ponerme ante Dios, con las cartas boca arriba,

De alguna forma también tuvo un aspecto instrumental, pues fue el martillo que golpeó el clavo que me hizo sentir el dolor y notar cómo brotaba la sangre en la herida; fue la mecha que prendió el explosivo, una herramienta que se hizo a fragua lentamente hasta poder ser eficaz. Un decirme "¿qué hago yo aquí?" para después, enseguida, buscar la salida.


Mi periodo de catequista de jóvenes no me ayudó a ver en los Evangelios un mensaje acogedor. Solo observaba en la Palabra amenazas del tipo "si no dejas de ser así..." 

Y evidentemente, no podía dejar de ser como era. De ahí mi tristeza, mi infelicidad en ese tiempo de animador pastoral, por mucho que disimulase todo tipo de sentimientos utilizando las caretas que, con eficacia, había aprendido a usar desde pequeño para aparentar la "normalidad" de un chico heterosexual. Lo que anunciaba a esas chicas y a esos chicos no era la alegría del Evangelio. Y aquí quiero perdón por no haber sido valiente a tiempo, en especial por no haber sido tan fuerte como para ofrecer una palabra de esperanza a las chicas y chicos LGBTIQ+ que pasaron junto a mí, mientras miraba a otro lado para no ponerme en evidencia.


Sale esto en mi oración sobre el texto de Marcos porque esta lectura es una de las que me producían escalofríos. Claro es, siempre me la habían enseñado (y yo “profesionalmente” así la transmitía) en el sentido amenazante, alimentando el papel de víctima que de manera conformista había aceptado ser. Cada uno de los aspectos que caracterizaban mi identidad homosexual tenían que ser amputados para poder entrar en el Reino. Tuerto, cojo, manco debía ser, renunciando a todo eso que me habían dicho que eran "comportamientos intrínsecamente desordenados y contrarios a la ley natural". Pero que para mí eran tan naturales como mi color de piel, y tan inevitables como el color de mis ojos.


Es como el pasaje de Mateo 16... "el que quiera venir conmigo que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga". Estos textos siempre han sido oportunamente utilizados para indicar el camino a las personas LGBTIQ+, si querían seguir fieles al Reino de Dios. En ambos casos, la doctrina da por hecho que, como homosexual, tengo “cosas que podar y arrancar” y, también, que tengo “una cruz que he de cargar resignadamente toda mi vida” porque solo así llegaré a salvarme.


Al salir del armario necesitaba oxígeno. Y paradójicamente lo encontré en las mismas palabras de Jesús que antes me agobiaban. A eso me refería cuando decía que tuve que aprender a leer los Evangelios de otra forma, desbaratando el lenguaje inquisidor, transformándolo en un mensaje positivo y alentador. Descubriendo el escándalo del Evangelio. Eliminando el título de juez implacable que había dado a Dios Padre y explorando la infinita humanidad de Cristo, que era mi hermano y cuya fraternidad me parecía gozosamente novedosa.

De repente los Evangelios no me atacaban ni me ofrecían pesadas cargas difíciles de llevar, sino que me brindaban instrumentos para poner en valor mis dones al servicio del Maestro, y curaban mi sensación de víctima, hasta el punto de poder perdonar a quienes alguna vez se creyeron verdugos y pensaron hacerme daño.


Quienes hemos pasado por este proceso de sanación y de descubrimiento del Evangelio como provocador, por cuanto significa de liberación para el hombre y la mujer, sentimos la clara necesidad de anunciarlo. Porque manifiestamente hemos sido redimidos por Cristo y queremos contarlo. Pero no pertenecemos a los doce. Eso asusta al grupo oficial y el Juan de turno, alarmado, cuenta que algunos que no pertenecen a lo “tradicionalmente admitido” están anunciando que Jesús es el Salvador de todas y de todos sin excepción. Y, lo que es peor, que están expulsando demonios —siglos de sentimiento de culpabilidad, complejos, desesperanzas, humillaciones, cargas pesadas y complicadísimas de llevar—, y lo hacen en nombre de Cristo.


También desde este punto concreto contemplo el texto de Marcos. Pero lo miro con gratitud. Porque estoy convencido de que Jesús volvería a contestar igual, «no se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede hablar mal de mí».

Probablemente también diría «al que tenga ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que lo echaran al mar con una rueda de molino al cuello».

Las personas LGBTIQ+ somos esos pequeños, esas pequeñas de la Iglesia que estamos poco más que percibiendo cómo nos ama Dios a través de nuestro hermano Jesús de Nazaret.

Experimentar esta certeza es hacernos uno en el Salvador.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Juan le dijo: —Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no va con nosotros. Jesús respondió: —No se lo impidáis. Aquel que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor. Quien os dé a beber un vaso de agua en atención a que sois del Mesías os aseguro que no perderá su paga. Si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen [en mí], más le valdría que le atasen una piedra de molino en el cuello y lo arrojaran al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que con las dos manos ir a parar al horno, al fuego inextinguible. Si tu pie te hace caer, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida que con los dos pies ser arrojado al horno. Si tu ojo te hace caer, arráncatelo. Más te vale entrar con un solo ojo en el reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al horno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga..