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julio 03, 2023

XXI. PECAR CONTRA EL ESPÍRITU

Sobre Marcos 3, 20-35


La oración me ayuda a interpretar -aún tiempo después- todos los sucesos de mi vida, todo eso que no pude entender en su momento, acontecimientos ante los que entonces pedí dolorosas explicaciones a Dios-Padre como si tuviera la culpa de todo y a Dios-Hijo, porque sufría en propia carne que su Palabra, su mensaje, su Evangelio era pura utopía, una farsa en la que no debía confiar.


Cuando era un chaval tenía fama de introvertido. Aún siendo sociable, divertido, simpático, ocurrente y un poco payaso (no tengo abuela), jamás hablaba de mí, nunca contaba lo que sentía, nadie me conocía de verdad. Me acostumbré a resolver mis propios conflictos yo solo y me resigné a vivir ocultando una parte importante de mí mismo. Quizá por eso cuando ahora cuento mi historia, más aún recuperándola a la luz de la oración, es como si me liberarse de una pesada carga, como si desgarrase mi propia vida y Dios pusiera nombre a cada instante.


Dios y yo siempre hemos tenido una relación complicada. Según percibía cómo se comportaba la gente con las personas LGBTIQ+ (incluso gente cercana), no me atreví a confesar nada. Y por lo que me iban revelado mis educadores, resultaba ser un pecador con muy pocas posibilidades de ganar el perdón de Dios. Dejé de incluir cualquier dato relativo a mi afectividad o sexualidad en las confesiones, tras una experiencia desagradable con un sacerdote que terminó llamándome enfermo e invitándome a visitar a un psiquiatra. Aún así continuaba siendo un chico más espiritual que religioso, deseoso de que realmente Dios se pareciera más al padre del hijo pródigo que a ese juez que me presentaban y que me acusaba de desviado y pecador. Ese combate me acompañó siempre en toda mi vida, triste y agobiante en la adolescencia, colérico y rabioso a medida que iba haciéndome adulto. Así que cuanto más claro tenía que yo no era culpable de ser así ni estaba contagiado de mal alguno, cuanto más evidente me parecía eso, más me alejaba de Dios. Más pecaba contra Dios.


Pecar contra Dios era eludir lo que Él tenía preparado para mí, rechazar su amor incondicional, despreciar la certeza de que yo era una obra perfecta del Padre. Eso es pecar contra Dios, y pequé conscientemente de pura rabia porque no escuchaba respuesta ante mi insistente queja: “Dios mío, da sentido a tanto como sufro por haberme creado así”. El Padre callaba. ¿Y el Hijo? También pequé contra Jesús cuando desconfié de su Palabra, cuando dudé de Él, cuando olvidé que sus heridas eran las mías. Cuando ignoré su advertencia sobre pecar contra el Espíritu.


Fui consciente de mi identidad muy joven, casi un niño. Por mucho que copiara los comportamientos de mis amigos con las chicas fue solo eso: una imitación por supervivencia. A los quince mi mayor problema era que me sentía homosexual y no solo no era capaz de comunicarlo, sino que tenía que resolver un serio conflicto entre fe y vida. A los dieciséis años la presión era tan grande que pensé que lo mejor sería terminar con todo. No me fue difícil conseguir unas pastillas y me dormí. Cerré los ojos con ganas de no despertar. No pasó de un susto inmenso para mi madre, y un disgusto para mi padre, pero se las arreglaron para que nadie supiera la verdad y todo pareciera una intoxicación. Un día de hospital, lavado de estómago y varias sesiones de psicólogo ante el que tampoco fui capaz de contar la verdad y que terminó diagnosticando una crisis de adolescencia agravada por mi introspección. Pero nada trascendió. Se sumó a la lista de secretos de mi vida, este compartido con mis padres. Muchos años después supe que mi madre encontró una nota que dejé sobre la mesa aquella tarde, de la que ni me acordaba, y sobre la que nunca me hizo mención. Así pequé contra el Espíritu, despreciando mi vida y dando más valor al miedo que a la libertad de ser yo mismo. Pero dentro del armario, y especialmente dentro de los armarios adolescentes, no se aprecian esas cosas. Después, mucho después, comprendí que mi pecado contra el Espíritu era aún más trascendente, porque el Espíritu es libertad y yo renuncié a la libertad que Dios me otorga, desistiendo ser hijo suyo. Pero esta percepción fue muy posterior, hace poco tiempo, cuando precisamente me puse a mano del Padre abriendo el armario de mi vida de par en par, bajé las defensas, dejé las armas y el Espíritu Santo me hizo libre, absolutamente libre.


Entró en casa, y se reunió tal gentío que no podían ni comer. Sus familiares, que lo oyeron, salieron a calmarlo, porque decían que estaba fuera de sí. Los letrados que habían bajado de Jerusalén decían: —Lleva dentro a Belcebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios. Él los llamó y por medio de comparaciones les explicó: —¿Cómo puede Satanás expulsarse a sí mismo? Un reino dividido internamente no puede sostenerse. Una casa dividida internamente tampoco. Si Satanás se levanta contra sí mismo y se divide, no puede mantenerse en pie, más bien perece. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse su ajuar si primero no lo ata. Sólo así, podrá saquear, luego, la casa. Os aseguro que a los hombres se les pueden perdonar todos los pecados y las blasfemias que pronuncien. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene perdón jamás, antes es reo de un delito eterno. Jesús dijo esto porque ellos decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegaron su madre y sus hermanos, se detuvieron fuera y lo mandaron llamar. La gente estaba sentada en torno a él y le dijeron: —Mira, tu madre y tus hermanos [y hermanas] están fuera y te buscan. Él les respondió: —¿Quién es mi madre y [mis] hermanos? Y mirando a los que estaban sentados en círculo alrededor de él, dijo: —Mirad, éstos son mi madre y mis hermanos. [Porque] el que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

julio 02, 2023

XX. MUCHO MÁS QUE PAN Y VINO

Sobre Marcos 14, 12-16.22-26

Algunas homilías de mi adolescencia me devolvían a casa asustado y confundido, haciendo que las palabras del sacerdote oscurecieran absolutamente la verdadera Palabra y, por descontado, apagaran lo que de verdad sucedía allí: la presencia de la persona de Jesús en la Eucaristía.

Dentro del armario la Eucaristía no sabía a nada, porque la mala conciencia que se me creaba quitaba el sabor a la persona de Jesús en el pan-cuerpo que se reparte y en el vino-sangre que se brinda.

En realidad dentro del armario nada sabe a lo que tiene que saber. Pero la necesidad de mantener oculta esa parte de uno mismo, que firmemente te dicen que es contraria a Dios, hace que guardes las formas y procedas a interpretar al típico buen cristiano que no dé nada de que hablar. El papel de tu vida como actor. Así fue durante una larga etapa de mi historia.


Para muchas personas LGBTIQ+, a esto se reduce la experiencia del sacramento de bastantes Eucaristías: a un sermón. Porque cuando llega lo importante en la celebración estamos distraídas y ofuscadas por todo el lodo nos echaron encima.


Pese a eso, mi paz con Dios, el reencuentro con el Padre, se lo debo a una Eucaristía durante la que me sentí profundamente interpelado y sobre la que ya he hecho referencia trayendo ese momento a mi oración en anteriores comentarios al Evangelio.


Creo que no es posible vivir la Eucaristía dentro del armario. Al menos en el mío no lo era. La Eucaristía es sacrificio, es partirse y repartirse. Es abandonarse a los otros, quedarse en los otros y acampar en sus corazones. Es ponerse en el lugar de mi hermana, aceptar amorosamente a mi hermano, donarse por entero al prójimo.

Es justo eso que tanto eché en falta cuando iba a misa antes de descubrir que Jesús no me quiere menos a mí que a Pedro por negarle ni a Andrés por no fiarse. O de comprender en propia carne que Jesús había partido el pan y levantado la copa brindando por mí también. No hubiera imaginado que el Padre tuviera reservada para mí una cena.


Las Eucaristías anteriores eran todo lo profundas que mi armadura permitía. Solo cuando me liberé del escondite en el que me había ocultado fui capaz de vivir con plenitud la presencia de Jesús en persona, porque eso es también la Eucaristía.

Y no de otra forma, sino a través del sacramento en el que el Hijo de Dios se ofrece en sacrificio por cada una y cada uno de nosotros, me fue posible recapacitar y reconocer cuánto me estima Dios.

Cuando pasó eso, cuando fui consciente de cuánto me amaba Dios, y de cómo se había sacrificado en su Hijo por mí, solo entonces pude comulgar en paz. Pronuncié las palabras de Jesús: esta es mi nueva alianza.


La oración me regala cada vez conocer el sentido de cuanto es mi historia y descubrir lo que Dios ha querido decir en cada momento, especialmente en esos en los que más me costó encontrar un sentido y en los que más eché de menos su caricia. Ahora sé que Dios da luz a mi vida. Y que hubiera bastado con abrir las puertas del armario confiadamente para dejarle entrar a casa, partir el pan y levantar la copa de vino celebrando mi vuelta al hogar del Padre.


El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dijeron los discípulos: —¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Él envió a dos discípulos encargándoles: —Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Seguidlo y donde entre, decid al amo de casa: Dice el Maestro que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos. Él os mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparad allí la cena. Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: —Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Les dijo: —Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Os aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Después cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos. 

julio 01, 2023

XIX. DIOS UNO EN TRES

Sobre Mateo 28, 16-20



Tuve la suerte de entender desde muy pequeño toda esta complicación de tener un Dios que está dividido en tres pero que es uno. Mi catequista de Primera Comunión nos lo explicó mediante un cuento que ahora mismo no soy capaz de poner en pie, pero que estaba muy alejado de las cosas serias y enrevesadas que aparecían en el catecismo, como lo de que Dios es uno y trino, algo que a un chaval de 8 años le parecía un poco raro, aunque en Dios todo era posible. El catecismo de la época tenía infinidad de preguntas con sus respuestas, que debíamos aprender de memoria y soltar como papagayos. Había varias dedicadas al misterio de la Trinidad. Una concretamente decía: “¿Qué es la Santísima Trinidad?” Y la respuesta apuntaba: “La Santísima Trinidad es el mismo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas distintas y un solo Dios verdadero”.

Hasta aquí todo iba más o menos bien. Pero se complicaba un poco más a medida que el catecismo avanzaba.

Otra pregunta y su solución decía así: “¿Por qué decimos que la Santísima Trinidad es un misterio? - Decimos que la Santísima Trinidad es un misterio, porque ninguna inteligencia creada puede entenderlo en este mundo”. Y para liarnos del todo, había una que sentenciaba una vida llena de dudas: “¿Entenderemos en el cielo el misterio de la Santísima Trinidad? - En el cielo entenderemos el misterio de la Santísima Trinidad, como ya lo entienden los Ángeles y los Santos”.

El caso es que mi catequista decidió que sería un suplicio aguantar desde nuestros 8 años hasta el final de la vida para entenderlo todo en el cielo y, por si acaso no íbamos allí, decidió contarnos la verdad en ese momento. Lo hizo, como dije, mediante un cuento que no recuerdo muy bien, pero sí estoy seguro de que hablaba de la generosidad de Dios como creador, quien nos ama tanto que Él mismo se hace hombre dándose por nosotros hasta la muerte, y Él mismo se hace Espíritu Santo para quedarse en el mundo. No estoy convencido de que su cuento fuese aprobado por un consejo de teólogos, pero pedagógicamente fue mucho mejor y más eficaz que el catecismo.


Sea como sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno en tres, la verdad es que nunca tuve conflicto para integrar este dogma en mi fe. Probablemente si no fuera así, hace mucho tiempo que habría abandonado. Porque a lo largo de mi vida han sido numerosos los desencuentros con Dios, todos ellos con el fondo de mi identidad sexual. Es común a la mayoría de las personas LGBTIQ+ creyentes preguntarse en algún momento de la vida la razón por la que Dios Padre nos ha creado tan desgraciadas por diferentes a las normas tradicionales. Y también, recriminar al Hijo de Dios, Jesús, porque su mensaje de amor incondicional entre hermanos no funciona. 

Los creyentes LGBTIQ+ vamos salvando estos conflictos con el Padre y el Hijo porque –inconscientemente– nunca nos dejamos abandonar por el Espíritu. Por eso jamás perdimos del todo la fe, por mucho que nos alejamos irritados del Padre o del Hijo.

Ahora, escarbando en mi historia me hago consciente de ello: es el Espíritu Santo quien se aferró a mí incluso en los momentos en los que salí huyendo y me creí totalmente alejado de Dios. Sin embargo Dios mismo se encontraba conmigo, Dios creador, Dios hecho hombre paciente, Dios callado para no asustarme, Dios Espíritu esperándome a que estallara y entonces, cuando eso sucedió, inesperadamente su luz me descubrió el camino para regresar al Padre y al Hijo, y me regaló la fuerza, el conocimiento pleno de Dios, la aceptación absoluta de que soy una creación perfecta, admirable del Padre.

También, en ese instante el misterio de la Trinidad ya no es tal, sino la certeza de que de una u otra forma Dios como Padre, como Madre, como Hijo o como Espíritu Santo, está con nosotras y nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. 

Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús. Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron. Jesús se acercó y les habló: —Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Por tanto, id a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautizadlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.