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marzo 15, 2025

CLX. LA TRANSFIGURACIÓN


Sobre
 Lucas 9, 28b-36



Transfigurarse significa cambiar, transformarse. A veces hago analogía (con permiso de téologas y teólogos) entre la transfiguración y el tiempo que pasa desde justo antes de tomar la decisión de salir del armario, hasta el momento en que eres conscientemente visible. No soy doctor en los asuntos de Dios, pero aún así, desde mi ignorancia, llego a advertir que esta relación que propongo pueda parecer casi sacrílega. Sin embargo mi experiencia vital –y la que conmigo han compartido muchas personas LGBTIQ+ cristianas– me hace pensar de esta forma. Salir del armario para una persona creyente tiene mucho de transfiguración. Porque lo que en definitiva le sucedió a Jesús en el monte fue que se llenó del Espíritu Santo; se colmó de Dios. Fue arrebatado por el Padre durante unos instantes para hacerlo suyo y reconocer en Él a su hijo amado.


En todo caso, el pasaje de Lucas en el que se narra la transfiguración parece complicado de entender, y lo es si solo nos quedamos en la atmósfera, el resplandor o la nube pero pasamos por alto un detalle que para mí es clave. Al comienzo del relato Jesús pide a Pedro, Juan y Santiago que le acompañen al monte a orar. No son los discípulos quienes ruegan al Maestro que les permita ir, sino al contrario. Creo que es muy importante esto para mí, porque llevándolo a la vida me doy cuenta de que siempre estuve suplicando a Jesús que estuviera conmigo, que no me abandonara, que no me dejara solo ante tantas dudas y temores. Pero la dinámica del Hijo de Dios no es esa. A mis peticiones sólo contestaba el silencio. Me costó mucho darme cuenta de que Él estaba respondiendo siempre, una y otra vez, con una invitación a acompañarle. El decía “aquí estoy, ven conmigo”, pero yo esperaba un “dime qué necesitas”. Aguardaba un Cristo que me resolviera los problemas y Él se presentaba tomándome para subir al monte a orar.


Antes mencionaba “ese tiempo que transcurre desde justo antes de tomar la decisión de salir del armario hasta el momento en que eres conscientemente visible”. Ese espacio temporal está rebosante de sensaciones y emociones para cualquier persona LGBTIQ+, pero es singular para quienes tenemos fe en Jesucristo. No es fácil de explicar, pero puedo intentarlo: siempre he pensado que para cualquier creyente el amor de Dios hacia ella o él es una certeza natural, igual que el afecto de la madre Iglesia y el sentimiento de pertenencia a ella lo es porque así se lo han ido enseñando desde niños; pero las personas LGBTIQ+ cristianas hemos tenido que descubrir y conquistar ambos sentimientos con mucho esfuerzo, y creérnoslos con abundante confianza en Dios. Quizá por eso apreciamos tanto nuestra fe y muchas veces decimos que nada podrá arrebatárnosla. Por lo mismo creemos firmemente que nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios. 


Tuve opciones de visibilizarme dando la espalda al Padre. De hecho, era lo más fácil y lo más tentador. Era lo que una gran mayoría de hombres y mujeres LGBTIQ+ cristianas hacen a diario: dejar a un lado a Dios y a la Iglesia para poder ser nosotras y nosotros mismos. Una triste paradoja, porque se supone que Cristo nos hace libres, Dios es amor y todo eso.

En mi caso se hizo carne el dicho que afirma que “la fe es lo último que se pierde”. No estaba dispuesto a dejarme arrebatar algo tan íntimo como la fe, así que me dispuse a buscar a Dios allí donde lo había perdido de vista: en el desierto. 

Por lo que sé cada persona LGBTIQ+ creyente ha tenido diferentes y particulares matices en su salida del armario, pero la gran mayoría coincidimos en la experiencia de desierto, o de intermitentes desiertos a lo largo de la vida hasta llegar a uno enorme que parece prácticamente insalvable, que llega cuando ya es imposible mantener la doble vida –el ser sin ser– y decides dar el paso de pertenecerte y al mismo tiempo compartirte, sin saber muy bien cómo hacer ni una ni otra cosa, porque jamás lo has ensayado en toda tu historia. A ese desierto fui, pensando que era iniciativa mía, a buscar a Dios para pedirle que me acompañara, pero sorprendentemente Él fue quien me llevó como en el canto de Oseas, para seducirme, hablarme al corazón y esperar mi respuesta. Este es “el tiempo que transcurre desde justo antes de tomar la decisión de salir del armario hasta el instante en que eres conscientemente visible”. Un momento intenso en el que Dios toma la iniciativa y te deja sin argumentos para negarle nada.


Para la persona LGBTIQ+ cristiana es la ocasión en la que puede experimentar el cambio, la transformación. Cuando me sucedió estaba permeable a Dios, seguro de querer acompañarle, decidido a abandonar el armario donde no podía ser yo mismo. Sólo ahí era posible transfigurarse, y sólo ahí me sentí lleno del Espíritu, rebosante de Dios. Por supuesto sólo ahí podía escuchar la voz del Padre diciendo “este es también hijo mío”.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: "Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías."
No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle."
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

marzo 08, 2025

CLIX. LA TENTACIÓN


Sobre
 Lucas 4, 1-13



El concepto de pecado dentro del armario está muy determinado por todo lo relativo a la identidad afectiva, sexual y de género. En otras palabras, de tanto dimensionar el sexto mandamiento, los otros nueve apenas parecen trascendentes. Para muchas personas LGBTIQ+ el hecho de mentir, ser codicioso o no santificar las fiestas por ejemplo, son asuntos insignificantes frente a lo sensual, lo sexual, lo carnal, los pensamientos impuros y demás variantes venéreas que se encargaron en señalarnos que eran donde está concentrada toda la “perversión” que nos hace personas con comportamientos desordenados y por eso personas pecadoras. 


Dentro del armario casi no tenía perspectiva desde la que matizar ese pecado que me presentaban como tal y además terriblemente vergonzoso; no tenía un punto equidistante desde donde poder concluir que, si bien cualquier conducta que se mueve por egoísmo es mala, también es verdad que es imposible luchar contra la naturaleza que marca la identidad afectiva, sexual o de género; que desde luego, actuar tal y como Dios me ha amasado no constituye ningún acto egoísta, sino más bien significa ser fiel a la voluntad de Dios que me ha creado homosexual, y no por eso peor persona. 

Pero llegué a esa conclusión justo al final, cuando ya estaba cargado de culpabilidad y hastiado de no poder evitar pecar (según me educaron) al comportarme según mi naturaleza. Tan abrumado como para irme de casa del Padre dando un portazo, como hacen muchas otras personas LGBTIQ+ atosigadas por tanta carga insoportable (y difícil de llevar, diría Jesús). 


Por cada pecado hay una tentación. Antes de salir del armario mis pecados eran vulgares –si pueden llamarse así a las faltas comunes a cualquiera— y esos apenas me inquietaban, porque aunque fueran graves era consciente de mi pobreza, de mis fallos, de sus consecuencias y también de qué debía hacer para ser perdonado y no volver a errar. Por el contrario, insisto en que todo lo relacionado con mi afectividad y mi sexualidad me asustaba porque no encontraba cómo evitar la tentación de ser yo mismo. Más aún en las edades en las que poco se puede pecar realmente en esos menesteres.


Siendo catequista de jóvenes tuve que asistir a una especie de seminario formativo donde me encontré con otros agentes de pastoral, chicas y chicos, de toda España y de diversos movimientos, espiritualidades y carismas. No se trató el tema de la afectividad ni de la sexualidad. Sin embargo, en una de las sobremesas se creó un interesante debate sobre la homosexualidad ante el que yo asistía callado y prudente, haciendo vida en mí el refrán que dice “en boca cerrada no entran moscas”. Es uno de los refranes favoritos de cualquier gay armarizado. En esos días Juan Pablo II estaba en lo mejor de su pontificado, así que no esperaba ningún mensaje esperanzador entre lo que pudiera escuchar. Un sacerdote que participaba y estaba especialmente apasionado en la discusión sentenció: —El pecado nefando campa a sus anchas por nuestros centros pastorales. Y los evangelizadores tenemos que hacer lo imposible por evitar las tentaciones a los jóvenes. 

 

Lo del pecado nefando hacía mucho que no lo escuchaba. Es una curiosa forma de llamar abominable, execrable, ignominioso, infame, perverso o vergonzoso al hecho de ser persona LGBTIQ+. Se hizo un silencio y recuerdo que alguien preguntó: —¿Cómo impedir las tentaciones?

Y ahí empezó a hablar sobre un montón de cosas que deberíamos hacer los catequistas y agentes pastorales para impedir que los jóvenes fueran homosexuales o lesbianas, ya que la cultura sobre el asunto en aquellos años apenas imaginaba muchas más siglas. Recuerdo dos cosas que dijo deberíamos contener y una que debíamos fomentar: a reprimir sugirió evitar la desnudez en común en vestuarios y duchas, por ejemplo; y vigilar las compañías y amistades sospechosas. Y a avivar propuso la oración, tanto la del joven como la nuestra al ser sus valedores.


El resto de tentaciones y sus medicinas debieron parecerme muy ridículas y timoratas porque no las recuerdo bien, pero estas sí porque yo me decía a mí mismo que me avergonzaba tanto compartir un vestuario que jamás podría entenderlo como un lugar tentador y, por otro lado, no había conocido a nadie que pudiera calificar de mala compañía sino lo contrario en todo caso. De hecho no era consciente de haberme tratado con ningún homosexual en toda la vida durante mis años escolares. Para cerrar el círculo, mi búsqueda incansable de respuestas me había convertido en una persona que gustaba de la reflexión y la oración. Y aún así, sin duchas comunes ni cuerpos desnudos, sin amistades degeneradas y con mucha oración, yo era inevitablemente homosexual y ese cura ni lo había notado.


Este suceso, que a veces he compartido en oraciones y charlas, me ha hecho recapacitar sobre cuáles fueron las auténticas tentaciones por las que realmente pasé durante mis años de armario y aún después. Las hubo y las hay evidentemente, pero no son muy diferentes a las de cualquier persona heterosexual. Sin embargo, puesto ante Dios en oración sólo me surge una tentación terrible a la que, pese a todo, sí fui capaz de resistirme: la tentación de renegar de mí mismo, de rechazarme e intentar ser algo diferente. Hacer eso hubiera sido contrariar a Dios, ultrajar su obra, rechazar la evidencia de que me había creado como obra perfecta y me amaba como hijo suyo. 


La relación que muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos mantenido con Dios es como mínimo turbulenta y complicada, pero por eso rica en matices y sabores plenos de amor que muy pocas mujeres y hombres pueden haber experimentado como nosotras y nosotros. Seguramente de ahí nace la energía y la fortaleza que nos permite ser nosotros mismos pese a cualquier inconveniente. Incluso ante la tentación de convertir las piedras en pan, recibir el mundo a nuestros pies y sobrevolarlo como vencedores o, lo que es peor, repudiar lo que somos, como somos, como amamos.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.
Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.
Entonces el diablo le dijo: "Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan." Jesús le contestó: "Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre»".
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: "Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo."
Jesús le contestó: "Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto»". Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras»".
Jesús le contestó: "Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios»".

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

marzo 01, 2025

CLXIII. EL GUÍA CIEGO


Sobre
 Lucas 6, 39-45



No es fácil orar este pasaje del Evangelio sin hacer antes un profundo ejercicio de equidad personal que ayude a evitar caer en lo que Jesús precisamente advierte sobre la brizna en el ojo ajeno y la viga en el propio. 

Creo que es la escritora Siri Hustvedt quien dice que “los fragmentos de nuestros recuerdos no cobran coherencia hasta que los reimaginamos y los pasamos a palabras”. Tengo buena experiencia descubriendo la mano de Dios en mi historia, otorgando sentido a lo que creí no lo tenía y aportando al mismo tiempo un matiz de cohesión, allí donde incluso imaginé haber fracasado como persona. Eso es para mí reimaginar los recuerdos —traerlos renovados a la memoria— y darles sentido a la luz del Padre. Además, hoy Jesús nos habla de coherencia. Confieso de antemano que cargo con multitud de traviesas en los ojos y mi primer impulso es advertir la mota en los del otro antes que en los míos cuando estoy cara a cara frente a otra persona. De cualquier modo, la reflexión de la Palabra de hoy me invita —nos invita— a ser razonable a la hora de traer recuerdos para pasarlos a palabras y, sobre todo, generoso cediendo paso en el puente al otro, como quizá diría el teólogo James Martin.


Dentro del armario me causaba mucha tristeza ser consciente de que estaba mintiendo a todo el mundo. Nadie sabía absolutamente nada de mí, y vivía según los comportamientos sociales de cualquier heterosexual. Incluso llegué a tener alguna novia, la última una chica maravillosa cuando yo tenía 25. Con ninguna fui sincero, como con el resto de personas que se relacionaban conmigo en cualquier ámbito. Tenía plenamente asumida mi identidad sexual y afectiva —otra cosa es que además estuviera asustado—, así como intuía que no podía hacer nada por cambiar eso, de la misma manera que mis ojos seguirían siendo azules incluso aunque los hubiese escondido bajo unas lentillas negras. Aun así, continuaba aparentando lo que no era.


Fui catequista muchos años, bastantes de ellos asumiendo responsabilidades en la Pastoral Juvenil. No creo que en esto nadie pueda recriminarme ningún comportamiento censurable y me refiero especialmente en cuanto a mi trabajo como agente de pastoral, donde siempre fui fiel a la doctrina de la Iglesia, a veces haciéndome violencia interior en temas con los que chocaba duramente, sufriendo mucho por ello.

Mi vida en realidad era una gran farsa. Esa es la experiencia de cualquier armario: sientes que eres un fraude mientras sigues percibiendo cómo el miedo a hacerte visible congela todo tu cuerpo, especialmente las entrañas, las garras, los músculos y resortes necesarios para gritar lo que te pasa pero, sobre todo, el armario te congela el corazón, que se convierte con el tiempo en un témpano helado.


La parábola que utiliza Jesús del guía ciego me angustiaba sobremanera. Por alguna razón desde siempre he inspirado seguridad entre los amigos, quienes me confiaban secretos y confidencias sin que yo pudiera corresponderles en la misma forma, aun sin que lo sospecharan. Era como si me dieran cien y yo les devolviese lo mismo, pero la mitad de ello en moneda falsa.

Todavía me abrumaba más cuando como catequista estaba con el grupo de chavales, o si ejercía de acompañante pastoral de algún joven, y ahí sí que me sentía un guía ciego, un tremendo comediante representando el papel de cristiano ejemplar cuando en realidad no era más que un desviado, un pecador según lo que me habían enseñado desde niño.

Poco a poco me iba adentrando en un proceso de lucha contra Dios mismo, los dos a solas porque con nadie más compartía nada de esto, en un desesperado intento por descubrir si Él tenía algo que decirme y, al mismo tiempo, anhelando que su Palabra me consolara y así mantener viva la fe. Pero estaba cansado y agobiado. Demasiado agotado como para escuchar el susurro de Dios en el viento.

Un día en catequesis hablaba a los jóvenes sobre la necesidad de nacer de nuevo, de dejarse fortalecer por el Espíritu. De pronto me di cuenta de que no me creía lo que les decía. Fue mi última reunión.


Pasó un largo tiempo antes de que saliera del armario. Evidentemente una de las primeras cosas que curé fue toda esa sensación de haber sido un impostor. No creo que sea justo culpabilizarme por no haber sido capaz de ser yo mismo en una sociedad y una Iglesia que estigmatiza a las personas lgtb. No soy culpable del miedo a ser excluido, insultado, vejado o violentado. No soy culpable de haber creído que Dios no me amaba como hijo suyo. No soy culpable de haberme imaginado como guía ciego. No soy culpable de haberme sentido sucio, pecador, degenerado, porque es lo que me habían hecho creer toda la vida.

Toda la vida asustado por la viga de mi ojo, terrible y dolorosa.


Al salir del armario dejé atrás todos esos complejos, miedos y temores. Y entré —como les ha sucedido a otras personas— en la espiral del victimismo, enarbolando una discutible denuncia profética para desenmascarar a los culpables de que hubiera perdido toda mi vida atemorizado.

No era difícil encontrar a quienes acusar de hipócritas por sus palabras hirientes e inmisericordes contra la comunidad LGBTIQ+, en especial en el contexto religioso. Todo el mundo sabe que detrás de un discurso encendidamente homófobo probablemente hay una persona reprimida y armarizada. ¡Cuántos casos de pederastas homosexuales entre el clero que lanzaban homilías encendidas contra las relaciones afectivas y sexuales entre personas del mismo sexo!

Hace tiempo, en esos años en los que ser visible era una novedad y me parecía urgente y necesaria la denuncia profética, no dudaba en poner en evidencia a quienes maltrataban a las personas LGBTIQ+ con discursos tan terribles como el de aquel obispo que aseguró que los homosexuales no éramos hijos auténticos de Dios. En esos momentos encontraba pleno sentido al evangelio de Lucas y hubiera gritado como Jesús: ¡hipócrita!


Sin embargo ahora, más sosegado, más juicioso, quizá más consciente de lo que significa la misericordia de Dios y sus consecuencias para con el resto de hombres y mujeres, me siento especialmente llamado a la conciliación por encima de la confrontación. No renuncio a manifestar mi desacuerdo en aquello que lo merece, a pedir explicaciones, a denunciar llegado el extremo. ¿Pero cómo dejar a un lado las palabras de Jesus? ¿Cómo ser tan duro de corazón? ¿Cómo pagar con la misma moneda? Cómo no perdonar si es preciso?

La firmeza en las convicciones no está reñida con la compasión, especialmente porque nuestros ojos también tienen motas y sería falso no admitirlo. Yo sé lo mal que se pasa sintiéndose un guía ciego a punto de caer en el hoyo.


Al poco de salir del armario y hacerme plenamente visible tuve una serie de reencuentros con muchas personas, y algunas de esas conversaciones fueron auténticos regalos de Dios.

Una de ellas la mantuve con un responsable de la Pastoral Juvenil del Centro donde estuve y del que me fui. Me pedía que regresara. Le conté cómo me había sentido, la sensación de ser un guía ciego, de ser un comediante, de ser un hipócrita… Me dijo: —mira, tú hablas del guía ciego, de motas y vigas en los ojos, de hipocresía y falsedad. Pero también dice Jesús en ese texto que el árbol bueno da buen fruto, y que el hombre bueno saca el bien del buen tesoro de su corazón. Así que no temas, vuelve, nunca dejaste de ser un buen hombre. Más bien con todo lo bueno y malo que has vivido tuviste el privilegio de conocer a Dios de una forma tan especial que ya no puedes guardar esa experiencia solo para ti.


Resulta muy paradójico, pero las personas cristianas LGBTIQ+ estamos llamadas a contar la suerte que hemos tenido al dedicar tanto esfuerzo para descubrir que, pese a las apariencias, Jesús caminaba a nuestro lado, nos sostenía, nos cuidaba. No se nos ha puesto fácil fiarnos de Dios, ni quitarle la envoltura de juez implacable para hallar en su lugar al Padre-Madre que nos ama con locura tal como somos. Porque sólo así es posible tocarle e intimar con Él, fiarse y descansar sin temor. Hemos tenido que soportar muchas veces que señalaran la brizna en nuestros ojos. Nuestra fe no ha sido gratuita. Eso precisamente es lo que hace posible que seamos capaces de valorar como ningún otro colectivo la bondad de Dios.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: "¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la mota del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano.

Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.

El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca."