Vistas de página en total

enero 11, 2025

CLXVI - NACER DE NUEVO


Sobre
 Lucas 3, 15-16.21-22



Un año antes de salir del armario, estaba en una de las reuniones con los jóvenes siendo catequista y hablábamos del bautismo. Justo había utilizado este texto de Lucas para ilustrar la charla y orientar la dinámica, para que así entendieran lo que significaba el sacramento. Les hablé de nacer de nuevo, dejando atrás en el agua todo lo que nos mancha, permitiendo que el fuego del Espíritu reescribiese nuestras vidas. Mientras explicaba todo eso a las chicas y chicos que me escuchaban, sentía un vacío inmenso porque no vivía -ni siquiera creía- nada de lo que les contaba. De repente era plenamente consciente de que todo lo que estaba ofreciéndoles como persona era un fraude. Hacía mucho tiempo que ni el agua bastaba para purificarme, ni mucho menos sentía el calor del Espíritu entibiar mi doble vida. Cuando terminó la reunión busqué al Responsable de mi Equipo de catequistas y le dije que no volvería más.


Por lo que he podido compartir con otras personas LGBTIQ+ creyentes, es bastante común esta sensación de parecer una estafa -en especial entre los que desempeñamos en momentos alguna tarea pastoral. No en vano, en nuestro secreto interior mantuvimos una encarnizada lucha entre quien se supone que deberíamos ser -y así lo interpretábamos en nuestra trágica-cómica vida- y lo que realmente éramos -¿a quién pretendíamos engañar?- porque era inevitable autoaceptar nuestra identidad sexual o por el contrario arrancarla de cuajo y resignarnos a ser lo que la sociedad de bien y la religión esperaban de nosotros, enterrando nuestro yo real para perpetuar una vida de mentira.


Meditando ahora la lectura de Lucas, vienen a mí los días en que me alejé del Jordán y las corrientes de Enón. Ese momento supuso un tiempo de dolor y soledad, de ruptura y desierto, pero también un punto más en el que tomé decisiones y desde el que me puse en búsqueda hasta colocarme a tiro de Dios mismo.


Las personas LGBTIQ+ creyentes hemos sorteado incontables crisis de fe en nuestras vidas. Que ahora podamos dar testimonio de las proezas que Dios ha hecho en nosotras y nosotros, forma parte de un largo camino de descubrimiento personal no exento de tiempos de desconsuelo. Todo esto viene a mi pensamiento para poner de manifiesto que, quizá, nadie mejor que los creyentes LGBTIQ+ podemos dar fe de cuánto nos ama Dios, porque pocas personas han luchado tanto y tan a contracorriente para salvaguardar la fe, incluso cuando hubo tantas razones para abandonarla definitivamente.


Por eso mismo puedo decir que fui bautizado con agua, pero detrás de un instante en el que me sentí un mierda, una piltrafa, -porque no terminaba de aceptarme a mí mismo, porque tenía miedo de mostrar mi identidad, porque no sabía leer los renglones torcidos de Dios-, detrás de ese momento en que me sentí una estafa como persona ante esos jóvenes que me escuchaban, estaba la gran oportunidad de ser acogido por el Creador, otra vez.

Yo sé lo que significa ser bautizado con el Espíritu Santo y fuego, y conmigo muchas personas LGBTIQ+ creyentes, una vez sanadas las heridas, han experimentado la fuerza de Dios en sus vidas. Ahora podemos dar testimonio de que hemos nacido de nuevo en ese bautismo que no viene de Juan sino de Dios.


Nacer de nuevo es dejar atrás una vida de temor, engaño y dudas, y a cambio comenzar a confiar plenamente en Dios.

Nacer de nuevo es también entrar en un continuo compromiso con Jesús, aceptando el riesgo de ser su testigo en terrenos a veces poco propicios.


Juan anuncia en el texto de Lucas que detrás de él viene quien de verdad puede transformar las vidas, poniendo en valor los dones recibidos, sin renunciar a nada, dando gracias por lo que somos, obra suya. Y en el bautismo Jesús participa con todas y todos -también con las mujeres y los hombres LGBTIQ+- la alegría de ser hijas e hijos amados por Dios. El Padre sin duda se complace en nosotras, se alegra en nosotros, nos ama. Y esa es, precisamente, la mejor de las noticias.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego."

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto." 

enero 04, 2025

CLXV PALABRA

 


Sobre Juan 1, 1-18



El inicio del Evangelio de San Juan parece un tanto intrincado, complejo. Siempre me sobrecogió, desde niño, como si se tratara de un texto que guardase cierto significado profundo y secreto que quizá algún día fuese capaz de descubrir y entender.


Creo que empecé a comprender lo que contaba Juan a medida que fui siendo capaz de escuchar la voz de Dios llamándome a ser yo mismo. No podía ser que en el principio ya existiese la Palabra y me mantuviese en silencio.


Para muchas personas LGBTIQ+ cristianas no hay un principio donde ya exista la Palabra ni tampoco que la Palabra esté junto a Dios. Porque lo que nos cuentan sobre Dios y lo que Dios quiere, golpea hasta sangrar con lo que somos: lesbianas, gays, bisexuales, transexuales… 

Y —nos dicen— si eres LGBTIQ+ vives en las tinieblas, la Palabra no es para ti.


Cuando dejé de creer eso pensé que había dejado de creer también en Dios mismo. Mi historia, como la de tantas personas LGBTIQ+, es una continua búsqueda de Dios. El mayor riesgo de perder la fe sucede cuando se confunde lo que Dios dice con lo que dicen los que hablan oficialmente de Dios. 


Superar la religión con el fin de descubrir al Padre es un perfecto ejercicio de fe, sobre todo para quienes a menudo hemos sufrido —y sufrimos— la doctrina que muchas veces se antepone al Evangelio mandándonos al infierno.


El reencuentro con Dios fue el detonante de mi salida efectiva del armario, como lo es para muchas personas LGBTIQ+ cristianas. 

Tomaban forma los versículos misteriosos del Evangelio de Juan. Me situaba en el principio, y ahí estaba la Palabra, y la Palabra era Vida, y era la Luz que había disipado las tinieblas.

Pero algo más entrañable sucedió: era verdad que la Palabra se hacía carne, se hacía débil, se hacía formidablemente humana. Dios humanizaba a Dios, y en su Hijo hecho ser humano estaba incluido yo, a imagen de Dios. 


Hay algo más en estos versículos de Juan. Un asunto que —recuerdo— me hacía albergar ciertas esperanzas en que Dios no fuese tan cruel con las personas LGBTIQ+ como me hacían ver. 

Dice Juan que «a Dios nadie lo vio jamás». Y agrega que el Hijo de Dios —Jesús— es quien nos lo ha dado a conocer. De ahí mis esperanzas, pues si sólo Jesús es quien puede ofrecernos una imagen de su Padre fidedigna, Dios no puede más que ser alguien inmensamente misericordioso. 


La vida y la Palabra de Jesús son la imagen de Dios. Ni la doctrina, ni la religión, ni la tradición son el rostro del Padre.

Quizá por eso el papa Francisco insiste tanto en que hagamos tangible la misericordia, que seamos personas misericordiosas, sin miedo. 


La misericordia es auténtica Palabra. Dentro del armario se crea mucho rencor, se acumula mucho resentimiento. Pero fuera, a este lado, se descubre la alegría del Evangelio y todo se transforma en perdón, se palpa la Palabra que está junto a Dios, que es Vida, que es Luz y se hace carne frágil, acampa en medio para redimir con especial predilección a los más débiles, a los oprimidos, a los perseguidos, a todas y todos los que habitan en las fronteras del mundo, pero también de la Iglesia.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. [Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.] La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. [Juan da testimonio de él y grita diciendo: "Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."" Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.]

diciembre 28, 2024

CLXIV LAS SAGRADAS FAMILIAS


Sobre
 Lucas 2, 41-52



Me cuesta mucho hacer oración y reflexionar sobre este pasaje de Lucas sin recordar con tristeza las manifestaciones de hace años, en este día, convocadas para defender el matrimonio cristiano, aunque en realidad no eran más que un grito descarado contra otros modelos de familia que se estaban consolidando en nuestro país.


Llegué a sentirme muy lejos de esa Iglesia intransigente y fanática que mostraban, que ostentaban y sobre la que nos intentaron hacer creer que era la verdadera, la auténtica, la legítima. Parecían gritar “o conmigo o contra mí” portando esas pancartas.

Fueron años muy oscuros en los que era difícil contestar con argumentos aceptables a quienes me preguntaban la razón por la que seguía siendo católico. Muchas personas a mi alrededor decidieron abandonar la Iglesia. Y no encontraba ni una sola palabra para persuadirlos. Bastante tenía yo con mantener vivos mis propios principios de fe y convencerme a mí mismo de que esa Iglesia incoherente era también mi Iglesia, de la que nadie iba a expulsarme por las buenas. Ya estaba más que habituado a que echaran sobre nosotras, las personas LGBTIQ+, cargas pesadas de llevar. De alguna manera había conseguido “curar” mi actitud victimista, convencido de que yo no era un sacrificio destinado a inmolarse en honor de ningún Dios justiciero. Y eso evitó que sacudiera el polvo de mis pies antes de dejar la casa donde no fui -donde no fuimos- bien recibido.


Aún así todos estos recuerdos siguen provocándome una inmensa tristeza, porque esos intolerantes desvirtuaron el sentido auténtico de la familia adueñándose de todos los derechos sobre ella, con la misma arrogancia que los religiosos del Templo se apropiaron del nombre de Yavhé y así expulsaron a Jesús hasta matarlo. Esta dinámica de exclusión se perpetúa hoy en demasiadas comunidades cristianas.


Lo más sorprendente es que el texto de Lucas no expresa un apego especial de Jesús por la familia. Cuando María y José encuentran al niño tras estar varias jornadas alejado de sus padres, Jesús no se alegra sino más bien les recrimina ese interés por mantenerse unidos en el núcleo familiar, porque “debía ocuparse de otros asuntos”, y no entraba en sus planes precisamente el convivir dócilmente con sus padres.

Hay muchos ejemplos en los Evangelios donde Jesús no parece otorgar una importancia sagrada a la familia. Pero el más duro y llamativo es el texto de Lucas 14, 26-27: “si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, no puede ser mi discípulo”. Es decir, lo importante en realidad no es el modelo de familia, pues incluso sin ella como soporte se puede seguir a Jesús. Más aún: sin familia es como se le puede seguir de manera radical.


¿Y entonces qué? Está claro que la familia -también para Jesús- constituye un elemento importantísimo e irreemplazable, pero es preciso reconocer que ha evolucionado y probablemente lo seguirá haciendo, sin que nadie pueda evitarlo.

Cuando los grupos católicos conservadores la emprendieron contra los diversos modelos de familia distintos al tradicional, me preguntaba qué estaban defendiendo. ¿El modelo patriarcal, en el que el esposo domina todas las decisiones y ejerce el poder absoluto, a veces de forma despótica? ¿El modelo destinado a la procreación, cuyo fin principal es dar hijos a Dios, en algunos casos de forma irresponsable? ¿El modelo machista, en el que la mujer está sometida al hombre durante toda su vida matrimonial? ¿Qué modelo defendían? Cualquiera de los anteriores estaba totalmente bendecido por la Iglesia sin discutir los detalles y podrían definirse todos ellos como matrimonios cristianos. Pero ¿dónde dejamos el amor?


Evidentemente hay familias felices, incluso entre estas que he descrito anteriormente. Pero yo también conocía a parejas del mismo sexo que vivían la felicidad de desarrollar un proyecto de vida en común, que eran cristianos y deseaban integrar su fe en sus vidas plenamente. Parejas que se habían casado ante un juez y no les estaba permitido disfrutar del sacramento del matrimonio pese a que su fe en Dios y su amor del uno por el otro estaban fuera de toda duda. Conozco un matrimonio de mujeres, madres de dos hijos, profundamente creyentes, arriesgadamente comprometidas, que están educando cristianamente a sus dos chavales. Para mí constituyen un ejemplo de fe asentada, de amor de pareja y de motor de familia tan grande como lo fueron mis propios padres. Y así muchos otros ejemplos, cercanos y lejanos, que seguramente los guardianes de la doctrina tacharían de modelos de pecado, cuando en realidad son modelos de amor en la adversidad, porque aún hoy ser una persona cristiana LGBTIQ+ casada con otra del mismo sexo es signo de escándalo en la Iglesia, razón sobrada para ser apartada de cualquier responsabilidad de servicio en la comunidad eclesial, entre otras consecuencias.


Si la Iglesia no renuncia a los prejuicios sobre los diferentes modelos de familia, aceptando de entrada la integración real y palpable de las personas LGBTIQ+ en la propia Iglesia y sus tareas de misión, si no lo hace no será fiel a la misericordia que emana del propio Dios para todas sus criaturas, ni al infinito amor de Jesucristo por todas y todos aquellos por quienes nació y murió. No hay una sagrada familia sino muchas familias sagradas, diversas, prósperas en dones, ricas en Espíritu.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: "Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados." Él les contesto: "¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.