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febrero 14, 2026

CXCVI. LA PLENITUD NO ME EXCLUYE


Sobre
Mateo 5, 17-37

Hay frases del Evangelio que, según el momento de la vida, pueden sonar como amenaza o como buena noticia.

No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud” fue durante años una frase incómoda para mí. La escuchaba y pensaba: ¿plenitud para quién? ¿También para mí?

Como persona LGBTIQ+ creyente, crecí con la sensación de estar siempre bajo examen. La Ley parecía un listón demasiado alto que, además, estaba diseñado para otros. Yo me movía entre el deseo sincero de seguir a Cristo y el miedo constante a no encajar del todo.

Pero cuando vuelvo a este texto con calma, cuando lo rezo desde mi historia concreta y no desde el miedo, algo cambia. Jesús no está endureciendo la Ley. Está devolviéndola a su verdad más profunda. No la convierte en un código más exigente; la lleva al corazón.

Y en el corazón de la Ley no está el control. Está la vida.

Jesús dice: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo…”. Esa fórmula no es un gesto de ruptura caprichosa, sino de profundidad. Él no se conforma con el cumplimiento externo. Quiere tocar la raíz: la intención, el deseo, la coherencia interior.

Ahí es donde yo me siento verdaderamente interpelado. No en mi orientación, no en mi identidad, sino en mi capacidad de amar de manera limpia, honesta y responsable. El Evangelio no me pregunta primero quién soy según categorías humanas; me pregunta cómo amo, desde dónde vivo, qué hago con mi libertad.

Eso es mucho más exigente. Y también mucho más justo.

Cuando Jesús habla de la ira, del desprecio, de la mirada que cosifica, me obliga a revisar mi propio interior. Porque también yo puedo endurecerme. También yo puedo convertir el dolor vivido en resentimiento. También yo puedo responder a la herida con distancia o sarcasmo.

La conversión que propone Jesús no consiste en negarme. Consiste en purificar el corazón. Y esa purificación no empieza por eliminar mi identidad, sino por integrarla en una vida vivida delante de Dios.

Hay algo profundamente liberador en entender esto: la plenitud de la Ley no es la perfección moralista; es la coherencia del amor. Es vivir sin doblez. Es que mi “sí” sea sí y mi “no” sea no. Es no tener que fragmentarme: una parte aceptable en la Iglesia y otra escondida en la intimidad.

La plenitud no me pide esconderme. Me pide verdad.

Eso no elimina las tensiones. No desaparecen las miradas ambiguas, ni ciertos silencios incómodos. Pero el centro ya no está ahí. El centro es Cristo, que me mira y me llama a una vida más profunda que cualquier discusión superficial.

En la oración diaria —cuando reviso el día con sencillez— me doy cuenta de que la pregunta decisiva no es si encajo en todos los esquemas, sino si estoy creciendo en amor real. ¿He tratado a los demás con dignidad? ¿He cuidado mis relaciones? ¿He actuado desde la libertad o desde el miedo? ¿He respondido al mal con más mal, o he intentado sostener la verdad sin perder la caridad? Ahí se juega la plenitud.

Jesús no vino a abolir la Ley, y tampoco vino a aplastarme con ella. Vino a mostrar que la voluntad de Dios es siempre más grande que nuestras interpretaciones estrechas. Vino a revelar que la justicia auténtica nace de un corazón reconciliado. 

La plenitud de la Ley no me excluye. Me llama a madurar, a amar mejor, a vivir con más coherencia. Me llama a no conformarme ni con la mediocridad moral ni con el victimismo cómodo. Me llama a la santidad. También a ti, como a mí, como a todas, todas y todos, todos.

Y, aunque el camino sea exigente, hay una paz profunda en saber que no camino dividido. Mi fe y mi identidad no son enemigos. En Cristo encuentran unidad.

Eso es lo que, poco a poco, voy descubriendo: la plenitud no es una frontera. Es un horizonte. Y hacia él quiero caminar, con humildad y con valentía.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

febrero 07, 2026

CXCV. SER LUZ Y SER SAL


Sobre
Mateo 5, 13-16

Cuando escucho a Jesús decir “vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”, no lo percibo como una consigna genérica dirigida a otros, sino como una palabra que me alcanza personalmente, tal como soy, también en mi identidad LGBTIQ+. En la oración, dejo que esa frase repose en mí, que descienda al lugar donde se cruzan mi fe, mis afectos y mi historia en la Iglesia. Y ahí descubro algo consolador: Jesús no dice “deberíais ser”, sino “sois”. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier ajuste, hay una confianza puesta en nosotros.

Durante mucho tiempo me costó creer que las personas LGBTIQ+ creyentes pudiéramos ser sal y luz dentro de la Iglesia. Pensaba que, con suerte, podríamos ser toleradas, discretas, casi invisibles. Pero al mirar con más hondura mi experiencia de fe, al hacer memoria de los momentos en que me he sentido más vivo espiritualmente, reconozco que precisamente ahí —en la intemperie, en la búsqueda, en la fidelidad sostenida a pesar de todo— Dios estaba actuando con más fuerza. Y eso deja una huella. Eso da sabor.

Ser sal en la Iglesia, desde mi experiencia, no significa corregir a nadie desde arriba, sino preservar lo esencial del Evangelio: la misericordia, la verdad encarnada, la dignidad de cada persona. La sal actúa en silencio, pero transforma. Muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos aprendido a amar la Iglesia sin idealizarla, a permanecer sin dejar de ser críticas, a cuidar la fe común incluso cuando no siempre hemos sido cuidadas. En ese amor perseverante hay un sabor evangélico que no debería perderse.

Y ser luz… no como quien deslumbra, sino como quien acompaña. La luz no hace ruido, pero orienta. No se impone, pero permite ver. Cuando una persona LGBTIQ+ vive su fe con sencillez, sin esconderse ni confrontar desde la herida, se convierte en una pequeña lámpara encendida en medio de muchas sombras: la sombra del miedo, de la culpa, del silencio impuesto. Esa luz no nace del orgullo, sino de una vida reconciliada, de haber hecho el camino interior de integrar fe e identidad.

Desde ahí, mi compromiso como cristiano LGBTIQ+ se va clarificando. No se trata de ocupar espacios por reivindicación, sino de habitar la Iglesia con verdad. De preguntarme cada día, con honestidad: ¿qué me acerca más al modo de Jesús?, ¿qué me da paz honda y qué me la roba?, ¿dónde soy más fiel al Evangelio? Y al reconocer esas mociones interiores, descubro que cuando vivo desde la confianza y no desde el miedo, cuando sirvo y no me escondo, cuando comparto mi fe sin justificarme, algo se ilumina también para otros.

Jesús dice que la luz sirve para que “vean vuestras obras y glorifiquen al Padre”. No para que nos miren a nosotras, a nosotros, sino para que, a través de nuestras vidas, se transparente Dios. Creo sinceramente que las personas LGBTIQ+ creyentes podemos ayudar a la Iglesia a volver a lo esencial, a gustar de nuevo la alegría del Evangelio, a ensanchar el corazón. No porque seamos mejores, sino porque hemos tenido que buscar con más profundidad, discernir con más cuidado, confiar contra muchas evidencias.

Ser sal y luz en la Iglesia hoy, como personas LGBTIQ+, es una llamada hermosa y exigente. Nos invita a vivir sin dividirnos por dentro, a ofrecer lo que somos para el bien común, a poner nuestra experiencia al servicio de una Iglesia más evangélica. Y en esa entrega, humilde pero firme, descubro que Dios sigue obrando, para su mayor gloria y para el bien de todas y de todos.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

enero 31, 2026

CXCIV. ¡DICHOS@S! ¡BIENAVENTURAD@S!


Sobre
Mateo 5, 1-12

Subo al monte con Jesús y no lo hago desde un lugar cómodo. Llego con mi historia LGBTIQ+ a cuestas, con lo que amo y con lo que me han hecho dudar de mí mismo. Me siento entre la gente y, antes incluso de escucharle, sé que no estoy en el centro. Estoy en el borde. En ese lugar donde muchas veces la Iglesia dice “te acogemos”, pero luego te pide que no hables demasiado alto, que no nombres lo que eres, que no muestres a quién amas.

Jesús empieza diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu”. Y algo dentro de mí se remueve. Porque he aprendido a vivir con las manos abiertas, no por virtud, sino por necesidad. Cuando te han dicho que tu manera de amar es un problema, aprendes pronto que no te salvas solo. Que necesitas a Dios de verdad, no como idea, sino como refugio. Y quizá ahí, en esa pobreza impuesta, el Reino ya ha empezado a abrirse paso.

“Bienaventurados los que lloran”. Pienso en todas las lágrimas silenciosas: las que no se ven en las sacristías, las que no entran en los documentos pastorales. Las lágrimas de quienes han sido expulsados, corregidos, tolerados sin ser reconocidos. Las de quienes siguen sentados en el último banco para no molestar. Jesús no las esquiva. No las espiritualiza. Dice que serán consolados. No mañana, no cuando cambien, sino así, tal como están.

Cuando escucho “bienaventurados los mansos”, me cuesta. Porque durante mucho tiempo nos han pedido mansedumbre como sinónimo de silencio. Nos han querido dóciles, agradecidos por las migajas de acogida. Pero Jesús no habla de sumisión. Habla de una fuerza que no necesita violencia, de una dignidad que no se impone, pero tampoco se esconde. Una mansedumbre que no renuncia a la verdad.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. Aquí siento que me nombra del todo. Porque amar como persona LGBTIQ+ en la Iglesia no es solo resistir; es comprometerse. Es no conformarse con una acogida que no transforma nada. Es desear una Iglesia donde no tengamos que pedir permiso para existir, donde no se nos exija dividir la fe y la vida. Esa hambre duele, cansa, pero Jesús la llama bienaventuranza.

“Bienaventurados los misericordiosos”. Pienso en la paradoja: tantas veces hemos tenido que ser misericordiosos con una Iglesia que no siempre lo ha sido con nosotros. Hemos aprendido a mirar con compasión a quienes nos rechazan, a entender sus miedos, sus límites. Y aun así, seguimos pidiendo algo sencillo: no tolerancia, sino reconocimiento; no silencio, sino palabra compartida.

Cuando Jesús dice “bienaventurados los limpios de corazón”, respiro hondo. Porque demasiadas veces nos han hecho sentir sucios. Como si nuestro amor manchara, como si nuestro cuerpo fuese un problema. Pero la limpieza de corazón no tiene que ver con la orientación, sino con la verdad. Y yo sé que cuando amo con fidelidad, con cuidado, con entrega, ahí no hay suciedad. Ahí hay Evangelio.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz”. No los que evitan el conflicto, sino los que lo atraviesan sin renunciar al amor. Ser persona LGBTIQ+ creyente es, muchas veces, estar en medio: entre la fe y la herida, entre el compromiso y el cansancio. Trabajar por la paz no es callar para que todo siga igual, sino sostener la tensión con esperanza, creyendo que el Espíritu sigue empujando.

Y cuando Jesús termina diciendo: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”, no puedo evitar sentir un nudo en la garganta. Porque hay persecuciones que no hacen ruido, que no salen en las noticias, pero que desgastan el alma: miradas, exclusiones sutiles, puertas que no se abren. Jesús no las minimiza. Las nombra. Y nos dice que el Reino también es nuestro.

Desde este margen escucho las bienaventuranzas no como consuelo barato, sino como una llamada. No a resignarme, sino a seguir caminando. A amar a la Iglesia sin dejar de decir la verdad. A comprometerme sin desaparecer. A creer, incluso cuando duele, que Dios no se equivoca al llamarnos bienaventurados.


En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

enero 24, 2026

CXCIII. DESDE EL MARGEN


Sobre
Mateo 4, 12-23

Siempre he sabido que mi lugar estaba en el margen. No por elección, sino porque allí me colocaron muchas veces: lejos del centro, de lo seguro, de lo que se considera correcto. Galilea suena a eso mismo: periferia, mezcla, sospecha. Un territorio donde parecía imposible que Dios habitara. Y, sin embargo, es desde ahí —desde el margen— donde todo comienza.

No en el templo ni en los espacios protegidos, sino en una tierra fronteriza. Cuando me reconozco como persona LGBTIQ+ creyente, comprendo que no estoy fuera del camino ni llegando tarde: estoy exactamente en ese margen desde el que Jesús decide iniciar su anuncio.

“Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Durante años esa llamada me sonó a amenaza. Me la lanzaron como un reproche: conviértete de lo que eres, cambia lo que sientes, corrige tu cuerpo y tu deseo. Hoy la escucho de otra manera. Jesús no me pide que deje de ser quien soy, sino que cambie la mirada: que deje de creer que Dios me rechaza, que deje de vivir escondido, que deje de aceptar una fe que me condena. Mi conversión ha sido pasar del miedo a la confianza, de la vergüenza a la dignidad.

Jesús ve a los pescadores y los llama tal como están: trabajando, cansados, con las manos llenas de redes y de historias. No les pide currículum moral ni garantías previas. A mí también me ha mirado así, en medio de mis contradicciones, de mis heridas con la Iglesia, de mi deseo profundo de amar y ser amado. Y su llamada ha sido clara y desconcertante: “Sígueme”. No “corrígete y luego ven”, sino “ven conmigo ahora”.

Seguirle, siendo quien soy, no ha sido fácil. Ha implicado dejar redes muy pesadas: el silencio impuesto, la doble vida, la culpa interiorizada, la obediencia que mata. Y también ha implicado enfrentarme a una comunidad que a veces prefiere la seguridad de la norma antes que el riesgo del Evangelio. Aquí nace, para mí, el compromiso y la denuncia profética: no puedo seguir a Jesús y callar cuando su nombre se usa para humillar, excluir o deshumanizar a personas como yo.

Jesús recorre Galilea anunciando la Buena Noticia y sanando. No separa palabra y gesto. Eso me interpela profundamente. Como cristiano LGBTIQ+, siento que mi fe me empuja a decir en voz alta que no somos un problema que tolerar, sino un don que acoger; que nuestras vidas también revelan el rostro de Dios; que la Iglesia se empobrece cada vez que nos niega un lugar pleno. Callar ante la injusticia sería traicionar al Jesús que camina, que toca, que se acerca.

Esta fe mía es frágil, a veces cansada, pero también obstinadamente esperanzada. Creo en un Jesús que sigue pasando por nuestras orillas y nos sigue llamando. Creo en una Iglesia que todavía puede convertirse al Evangelio que proclama. Y creo que nuestra presencia visible, creyente y comprometida no es una amenaza, sino una llamada urgente: el Reino está cerca cuando nadie queda fuera.


Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retirá a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

enero 17, 2026

CXCII. DAR TESTIMONIO


Sobre
Juan 1, 29-34

Acercándome a este pasaje de Juan, lo primero que resuena en mí no es una idea, sino una pregunta que se repite con insistencia: ¿Quién eres tú? Dejo que esa pregunta me alcance, que atraviese mis defensas, que toque lo más hondo de mi historia. Y descubro que no es solo la pregunta que le hacen a Juan; es la que ha acompañado mi vida como cristiano homosexual desde muy joven.

Durante años he intentado responder desde lugares que no eran verdaderos. He querido ser lo que se esperaba de mí para no desentonar, para no perder afectos, para no ser motivo de escándalo. He asumido identidades construidas desde el miedo y la culpa, y con el tiempo he aprendido a reconocer que esas respuestas me dejaban dividido por dentro, inquieto, sin paz. No daban vida.

Juan responde negando lo que no es. No se apropia de títulos, no se coloca en el centro. Hay en él una libertad que me interpela profundamente: no necesita afirmarse porque sabe para quién vive. Solo cuando se vacía de lo que no le pertenece puede decir con verdad quién es: una voz. Nada más. Nada menos. Y al acoger esa palabra, siento que también yo estoy llamado a dejar de definirme desde la herida y empezar a nombrarme desde la misión.

Juan dice: “En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis”. Esta frase me confronta. Cuántas veces Jesús ha estado en medio de mi vida —en mis deseos, en mis afectos, en mi cuerpo, en mi fe sostenida a contracorriente— y yo mismo he dudado de su presencia. O peor aún: me han enseñado a desconfiar de ella. Y he aprendido a distinguir que esa desconfianza no venía de Dios, porque me llevaba al desánimo, al encogimiento, a una culpa estéril que no transformaba nada.

Cuando Juan señala a Jesús y proclama: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, algo se recoloca dentro de mí. Durante mucho tiempo creí que yo era ese pecado que debía ser eliminado. Hoy puedo decir con mayor claridad que el pecado del mundo es todo aquello que me separaba de Dios haciéndome odiarme, negarme, esconderme. Los discursos religiosos que me expulsaban interiormente no podían venir de Jesús, porque no generaban vida, sino miedo.

Jesús aparece como Cordero: sin violencia, sin imposición, sin superioridad moral. Me quedo mirando su manera de estar, su vulnerabilidad asumida, su forma de amar sin defenderse. Y noto cómo algo en mí se aquieta. Yo no estoy llamado a vivir mi fe desde la dureza ni desde la revancha. Eso me deja tenso, reactivo, encerrado. En cambio, cuando me dejo atraer por la mansedumbre del Cordero, aparece una paz honda, no ingenua, pero real.

Juan da testimonio de algo decisivo: vio al Espíritu descender y permanecer. Esa permanencia sostiene mi fe. El Espíritu no pasó de largo por mi vida cuando me nombré homosexual, ni cuando me sentí expulsado, ni cuando cuestioné palabras y actitudes que me herían profundamente. Permaneció. Y donde el Espíritu permanece, hay fidelidad de Dios, aunque muchas veces cueste reconocerla en la Iglesia.

Hoy, al mirar mi camino con honestidad, puedo decir que mi fe ha sido probada, purificada, despojada de muchas seguridades. Y desde ahí siento una llamada clara: no ponerme en el centro, no anunciarme a mí mismo, sino señalar. Como Juan. Señalar al Cordero que sigue quitando el pecado del mundo cuando libera conciencias, cuando devuelve dignidad, cuando reconcilia a las personas LGBTIQ+ con Dios.

Mi compromiso como cristiano homosexual nace de aquí: buscar a Dios en mi historia concreta, también en mi orientación sexual, y ayudar a otros a descubrir que Él ya está ahí. Vivir descentrado de mí para que Jesús sea el centro. Dar testimonio no desde la rabia, sino desde la experiencia vivida y atravesada.

Porque solo de eso puedo hablar con verdad: de lo que he visto, de lo que he experimentado, de lo que ha ido transformando mi vida poco a poco. Y desde ahí confieso, con temor y con gratitud, que Jesús sigue estando en medio de nosotros, aunque muchas veces no sepamos reconocerlo.


En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». 

enero 10, 2026

CXCI. EST@S SON MIS HIJ@S AMAD@S


Sobre
Mateo 3, 13-17


Me gusta este pasaje del evangelio de Mateo, porque invita, como otros, a hacer una oración contemplativa a partir de la que es fácil transportarse a ese instante, a orillas del río. Imagino a Jesús acercándose al Jordán, y de alguna forma no puedo evitar verme reflejado en ese gesto suyo de avanzar despacio, sin imponerse, sin abrirse paso sobre los demás. Yo también me he acercado muchas veces a Dios así: con pudor, con preguntas, con una mezcla de deseo y de temor. No desde la seguridad de quien se siente “en regla”, sino desde la experiencia de ser una persona LGBTIQ+ creyente que ha tenido que aprender a no esconderse ante Él.

Durante mucho tiempo pensé que mi lugar estaba en los márgenes. Que podía creer, rezar, amar a Jesús, pero siempre con cierta distancia, como si no me correspondiera del todo estar ahí. Por eso me conmueve que Jesús no evite el agua, que no se reserve un espacio distinto. Se mete en el río, en el mismo río donde estoy yo, con mis heridas, mis dudas, mi historia. Ahí entiendo que Dios no me espera cuando esté “mejor”, sino que sale a mi encuentro justo donde estoy.

Cuando Juan se resiste a bautizar a Jesús, reconozco una voz que me ha acompañado muchas veces: la voz que dice “no eres digno”, “esto no es para ti”, “hay otros más adecuados que tú”. Y Jesús responde con calma, sin justificarse: “Conviene que así cumplamos toda justicia”. Esa frase me libera. Me hace pensar que la justicia de Dios no consiste en que yo deje de ser quien soy, sino en que pueda vivir de pie, reconciliado, sin tener que pedir perdón por existir.

El momento más fuerte para mí llega cuando Jesús sale del agua y escucha la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Ahí se me quiebra algo por dentro. Porque yo he necesitado escuchar eso. He necesitado creer que Dios puede mirarme con agrado, no con resignación. Que no me ama “a pesar de” mi identidad, sino también a través de ella, en mi cuerpo, en mi forma de amar, en mi manera concreta de estar en el mundo.

Este texto me invita a volver una y otra vez al Jordán. A dejar que Dios pronuncie sobre mí una palabra más fuerte que el rechazo, más fuerte que el miedo, más fuerte que la culpa aprendida. Cuando me acerco a Él con verdad, descubro que el cielo no se cierra, que el Espíritu sigue descendiendo, y que hay una voz que insiste, incluso hoy, en llamarme hijo amado. Y desde ahí, poco a poco, aprendo a creer que mi fe y mi identidad no se contradicen, sino que se abrazan en el mismo río.


En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

enero 04, 2026

CXC. LUZ DEL MUNDO, SIN EXCEPCIÓN


Sobre
Juan 1, 1-18


Hoy, al iniciar mi reflexión sobre el prólogo de Juan, se me viene a la mente una imagen poderosa: "la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron". Es una luz que no se puede apagar, que siempre está ahí, aunque a veces no la veamos, aunque el mundo la rechace. Pero esta luz, tan radical y amorosa, se ofrece a todas y todos. Se hizo carne, se hizo real. No es una idea distante, no es un concepto frío. Jesús, la Palabra de Dios, se hizo carne para estar con nosotras, para caminar entre nosotros. No hay barreras que puedan detener su luz.

Para quienes hemos sido alguna vez marginados, para quienes hemos sentido que no encajamos en los moldes de lo "correcto" o lo "aceptado", esta palabra tiene un mensaje profundo: Dios no excluye a nadie. La luz de Cristo llega a todos, sin excepciones. Y aunque a veces las sombras parecen más fuertes, el amor de Dios se abalanza sobre ellas, se hace presente, y se ofrece como refugio. No hay rincón de nuestra humanidad en el que Cristo no quiera entrar. Y eso incluye a todas y a todos los que, como las personas LGBTIQ+, hemos sido rechazados o silenciados, tanto por la sociedad como por algunas partes de la Iglesia.

Este texto es una invitación a dejarnos tocar por esa luz. No importa nuestra historia, nuestras luchas, nuestras dudas o inseguridades; la luz que es Cristo viene a sanarnos, a abrazarnos en todo lo que somos. Es una luz que se manifiesta no solo en lo que entendemos como "correcto", sino en lo que somos en toda nuestra diversidad, en todas nuestras realidades. Cristo no se encarna solo en lo perfecto o en lo esperado. Él se hace carne en todo lo humano, en todas nuestras realidades, incluso en lo que el mundo no ve o no quiere ver.

La Epifanía, la revelación de Jesús a los magos, también nos habla de eso. Los magos no eran parte del pueblo elegido, no encajaban en los estándares religiosos de su tiempo, pero fueron los primeros en reconocer al niño Jesús como el Salvador. Y hoy, en la Iglesia, las personas LGBTIQ+ somos también como esos magos: algunos de nosotros, algunas de nosotras, hemos tenido que buscar la luz más allá de los límites establecidos, fuera de las fronteras religiosas, y sin embargo, hemos llegado a este mismo niño que se revela como la luz para todos, sin distinción.

Te invito hoy, en tu oración, a abrir el corazón a esa luz. Jesús se hace carne, se hace presente, en ti y en mí, en toda nuestra humanidad. No hay nada de nosotras o de nosotros que quede fuera de su amor. No importa cómo te sientas hoy, si sientes que el mundo no te entiende o no te acepta, recuerda: Él te ve, te abraza, te llama a ser parte de su familia, de su Iglesia.

Hoy, al reflexionar también sobre la Epifanía, te animo a que te dejes sorprender por la luz de Cristo. Esa luz no discrimina, no rechaza, no juzga. Es una luz que abraza, que da paz y que llama a la reconciliación. Te invito a orar y a decirle a Jesús: "Sé que tu luz me busca, sé que me amas tal como soy. Abro mi corazón para recibirte. Ayúdame a ver con tus ojos, a ser tu luz en el mundo, y a recordar siempre que tú estás conmigo, sin importar lo que los demás digan o piensen."

Que esta luz que brilla en las tinieblas te ilumine hoy y siempre, y que en ella encuentres consuelo, fuerza y la certeza de que no estás sola, no estás solo. Dios está contigo, aquí y ahora.


En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: »El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.