Vistas de página en total

enero 25, 2025

CLXVIII EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ


Sobre
 Lucas 1, 1-4; 4, 14-21.



Mi salida del armario —ya lo he compartido en otras ocasiones— no fue repentina, ni mucho menos de un día para otro. Creo que la primera vez que, con angustia, sentí la necesidad de dejar de aparentar lo que no era, tenía doce años. Y sé que desde ese momento asumí que el desconsuelo de vivir una doble vida iba a prolongarse por mucho tiempo más. Toda la formación y la educación que recibía, y lo que mis sentidos percibían a partir de cuanto me rodeaba, hacían muy difícil sincerarme. Tenía miedo a las consecuencias, primero desde el lado humano, pues me asustaba perder el afecto de familia y amigos, y también desde el plano de la fe, porque me habían dicho que las personas como yo eran (lo éramos todas) enfermas, peligrosas y estaban condenadas al infierno.


Aprendí a sobrevivir. En las relaciones familiares y personales desarrollé gran capacidad para fingir una heterosexualidad que me evitara preguntas incómodas o situaciones equívocas. Supongo que me convertí en un actor cuidadoso. Alguna vez leí que el miedo es el mejor aliado en la interpretación de papeles complicados.


En esos largos años de armario, también tuve que pervivir a las crisis de fe. Primero, las más obvias creyendo que Dios no me quería tal como soy. Lo que más me torturaba, especialmente de muy joven, era la convicción de que no podría alcanzar el cielo, sino que estaba destinado a las tinieblas salvo que dejase de tener esos pensamientos y esos sentimientos… ¡y no podía evitarlos! 


Ese profundo dolor fundado en creerme repudiado por el Padre, junto a la incomunicación absoluta con los demás por el miedo a ser descubierto, provocó que a los dieciséis años deseara terminar con todo y no sufrir más. Acabar con mi vida no iba a suponer una gran pérdida, pues nadie en realidad conocía de verdad a Antonio, sino a su fantasma, a un avatar con su mismo aspecto medio rubio y con ojos azules, sonriente, divertido, reservado, reflexivo, que no tenía nada que ver con el real, angustiado, de alma triste, muerto de miedo, desconfiado, sin esperanza.


Dios da a las madres un sexto sentido y de alguna forma saltó su alarma dándole tiempo a cogerme y pedir ayuda. Un lavado de estómago evitó que mi plan tuviera éxito. Cuando regresé a la vida supe que no había cambiado nada. Ni siquiera tuve que explicarme. Supusieron que todo se debió a mis pésimas calificaciones en el colegio y a alguna otra cosa que no viene al caso. Era la versión oficial. Yo no puse otra excusa y me dejé llevar. Dentro de la mayor reserva ni mis hermanos, ni nadie cercano se enteraron nunca de nada estuve viendo a un psicólogo amigo de la familia, a quien también engañé, mientras al mismo tiempo tomaba la decisión de resistir hasta que fuera capaz de dar el paso de salir, y nunca más renunciar a esa esperanza.


Muchas veces repito en estos comentarios algún hecho de mi vida que descubro tiene un sentido especial desde el evangelio cada domingo. Cuando escarbo en mi historia, especialmente en mi vida de desierto como yo la llamo, sufro y quedo exhausto porque muevo mucho de mí, a veces demasiado, y termino la oración muy cansado, pero al mismo tiempo agradecido por todo lo que Dios me ha regalado, y por cómo da sentido a cada instante de mi existir, incluso durante el largo páramo. En ese camino sin sombras ni agua, y sobre todo a partir de mis dieciséis años, me aferré a cualquier cosa que pudiera ayudarme a no perder la ilusión en que todo saldría bien. En ese “todo” estaba incluida mi fe, y con ello mi búsqueda desesperada del Dios auténtico, que confiaba existiera en contraposición al que me habían estado mostrando hasta entonces. 

Por eso igual me aprendía de memoria un poema de Blas de Otero* “Desesperadamente busco y busco un algo, qué sé yo qué, misterioso, capaz de comprender esta agonía que me hiela, no sé con qué, los ojos…”, que me aferraba a textos tan emocionantes como el que narra el evangelio de este domingo, cuando Jesús se presenta ante los suyos, en su pueblo, donde todos le conocían, y se definía mostrándose abiertamente tal como era, dando sentido a las palabras de Isaías.

Ya no era solo las frases del profeta lo que me sobrecogía "el Señor me ha enviado a dar libertad a los oprimidos”, sino que me parecía un gesto tan extremadamente valiente el de Jesús, que desde entonces no hacía más que pedirle que me diera fuerzas para imitarle en eso: en ser capaz de hablar ante las personas importantes de mi vida con la misma determinación que Él en la sinagoga de Nazaret.

Concebí el pasaje como si se narrara la salida del armario de Jesús, porque ahí mismo deja de estar oculto y desde ese momento es Él mismo, sin esconderse, sin temer nada, generosamente arriesgado.


Hay más textos en los Evangelios que muestran a cualquier persona LGBTIQ+ el amor que Dios nos tiene, si sabemos mirar con ojos de esperanza y suprimir las cargas morales y doctrinales que nos imponen. Este de Lucas 4 me fascina porque, aunque el núcleo de la intervención de Jesús lo hace en boca de Isaías, para mí tiene todo un sentido de inicio de un largo camino que acaba en la resurrección, sin olvidar que antes será necesario pasar por la pasión y la muerte.


Jesús, antes de dirigirse a la sinagoga aquel día, estuvo orando en el desierto y fue puesto a prueba, tal como narra Lucas al comienzo del capítulo. Es extraordinario que el punto de partida de la determinación por sobrevivir a mi armario fuese también tras grandes tentaciones, casi trágicas. Pero aún más, el último año antes de que fuese capaz de levantar la voz y contar a mis personas cercanas quién era yo de verdad, estuvo colmado de tentaciones, y casi pudo el diablo convencerme para que escogiera otro camino. Por eso estoy tremendamente agradecido a Jesús. No solo me trajo la Buena Noticia de parte de un Padre misericordioso, no solo reveló mi libertad y me devolvió la vista, sino que me ha ungido con el Espíritu del Señor para anunciar, junto a otras muchas personas LGBTIQ+ cristianas, el tiempo de Gracia.


Un día reuní a la comunidad a la que me había reintegrado poco antes de estar convencido de salir del armario. Se llamaba Maranatha, que significa el Señor viene (me encanta darme cuenta de eso ahora). Les conté mi vida. Pedí perdón por ocultarles tanto de mí. Di gracias a Dios por cuidarme durante todo ese tiempo solo. E interiormente me acordaba del pasaje de Lucas y el texto de Isaías, repitiendo para mis adentros “hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”.


*El poema de Blas de Otero se titula "Igual que vosotros".


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendio por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.
Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista.
Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.”

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oir.”

enero 18, 2025

CLXVII - ¡BRINDEMOS!


Sobre
Juan 2, 1-11



Desde muy pequeño este pasaje de la boda de Caná me pareció singular. Seguramente porque relata la fiesta de unos recién casados, un banquete alegre y festivo. Puede que porque nos ofrece un cortometraje de lo cotidiano, de cómo eran las relaciones sociales en la comunidad hebrea de aquella época. Pero también porque —más allá del milagro de Jesús— hay una aparente ausencia de simbología religiosa.


Por supuesto, es un relato que recuerdo desde que era un crío. Es fácil para un niño figurarse la situación. Siempre tuve desbordante imaginación —seguro que por ello la contemplación sea mi modo de orar preferido—, así que no me costaba trabajo meterme en esta historia como si fuera uno más de los niños que correteaban por la escena o, tiempo más tarde, uno de los invitados a la boda observándolo todo.

Podía ver a los novios, seguramente muy jóvenes, disfrutando de la fiesta. Había mucha más gente, según permite suponer el texto de Juan, quien dice que también estaban invitados Jesús y los discípulos. La madre de Jesús estaba allí. ¿Quiénes serían los recién casados? Música, comida, cantos… Por encima de todo ese ambiente de fiesta, me quedaba cavilando cuando Jesús, de forma prudente, utilizaba el agua para la purificación de los judíos conservada en unas tinajas, y la convertía en vino de excelente cosecha.

Para cualquier niño este pasaje es uno de los más recordados de todos los Evangelios. Las bodas son siempre divertidas. Al menos a mí me sucedió así, y seguramente por esa razón, por ser un texto tan “manoseado” casi se nos olvida que en él se nos cuenta cómo sucedió que Jesús hizo su primer milagro —signo que pasó desapercibido para todo el mundo excepto para María y los sirvientes.

Seguramente por eso, porque no avancé más allá de contemplar ese milagro como una concesión a María y un favor a los novios, he tardado mucho en comprender lo que dice en realidad, y así trasladarlo a mi propia experiencia.


En mi vida he celebrado muchas bodas. Una vez mi pareja de ceremonia fue el miedo a ser yo mismo, otra vez el temor a mostrarme ante los demás como realmente era. También lo fue el recelo ante una Iglesia que no me ofrecía garantías para aceptarme sin condiciones. Otra vez mi pareja era el rencor y el resentimiento. Otra, la inmolación, sintiéndome víctima ante los verdugos. También lo fue el orgullo, la lucha militante, la rebeldía, el silencio, el armario, la desesperanza, la desilusión…, y así incontables novias para un novio que celebraba muchas bodas en las que siempre se acababa el vino.


Mis bodas son mi vida. Durante mucho tiempo no la he vivido en plenitud. Del vino no importaba ni su cantidad ni su calidad, era lo de menos, porque la boda no merecía un brindis si hubiese habido con quien hacerlo. En cambio, he tenido bien guardadas muchas tinajas de agua para la purificación. Es decir, en el fondo estuve más preocupado por lo religioso, por lo doctrinal que en vivir la vida como regalo de Dios, gozando de la fiesta que celebra la certeza de sentirme hijo querido del Padre tal como soy.


Dentro del armario no importa calcular el vino. Da igual si falta, porque la boda es eventual y breve, no hay invitados, ni música alegre. Por el contrario, hay que prever suficiente agua para la fiesta de las purificaciones, porque en el armario aún hay que cumplir con la religión y la doctrina, aunque solo sea para simular lo que no se es y evitar comentarios. Pero sobre todo porque tanta vida oculta se hace costra y llegas a sentirte tan impuro como te han hecho creer.


Pero el sueño de Dios para las personas LGBTIQ+ se parece más a un banquete de bodas, donde el vino y no el agua es importante. Para mí tiene un simbolismo trascendente el que Jesús utilizara el agua de las purificaciones —no el agua del pozo más cercano—, un signo religioso ligado a lo doctrinal y a la suposición de que se está sucio y es necesario limpiarse para pertenecer a la comunidad. Y la emplea para convertirla en vino, el alma de la fiesta, sin el que no era concebible seguir celebrando la boda. 


Jesús puso a la vida, a todo lo humano, a lo que somos tal como somos, por encima de la religión. Y su milagro se actualiza cuando dejamos al Maestro convertir el agua rígida, inflexible y puritana que a veces nos recorre las venas, en ardiente vino que calienta nuestros corazones y al mismo tiempo es sangre que nos hace sentir mujeres y hombres alegres en el Señor.


Pero esta experiencia personal en la que participamos de la transformación liberadora del agua en vino, solo puede darse cuando Jesús ha trabajado y moldeado nuestro espíritu. Es imposible que suceda antes.Yo sé que no sería capaz de percibir cómo el agua se ha hecho vino en mi vida —con su riquísimo significado— si Dios no hubiese hecho otros signos en mí a lo largo de estos años. Por lo mismo, trasciende de lo religioso y, desde luego, no queda solo en la memoria de los sirvientes.


Finalmente, seguro que mi fe no sería tan firme sin la constante presencia de María. Ella es la que está atenta a mis tiempos como estuvo en la boda pendiente del vino. Ella es la que anima a Jesús para que haga posible todo lo que le pide, también para mí. En su humildad es ella la que me hace fuerte.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice:

«No tienen vino».

Jesús le dice:

«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».

Su madre dice a los sirvientes:

«Haced lo que él os diga».

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dice:

«Llenad las tinajas de agua».

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les dice:

«Sacad ahora y llevadlo al mayordomo».

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice:

«Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».

Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

enero 11, 2025

CLXVI - NACER DE NUEVO


Sobre
 Lucas 3, 15-16.21-22



Un año antes de salir del armario, estaba en una de las reuniones con los jóvenes siendo catequista y hablábamos del bautismo. Justo había utilizado este texto de Lucas para ilustrar la charla y orientar la dinámica, para que así entendieran lo que significaba el sacramento. Les hablé de nacer de nuevo, dejando atrás en el agua todo lo que nos mancha, permitiendo que el fuego del Espíritu reescribiese nuestras vidas. Mientras explicaba todo eso a las chicas y chicos que me escuchaban, sentía un vacío inmenso porque no vivía -ni siquiera creía- nada de lo que les contaba. De repente era plenamente consciente de que todo lo que estaba ofreciéndoles como persona era un fraude. Hacía mucho tiempo que ni el agua bastaba para purificarme, ni mucho menos sentía el calor del Espíritu entibiar mi doble vida. Cuando terminó la reunión busqué al Responsable de mi Equipo de catequistas y le dije que no volvería más.


Por lo que he podido compartir con otras personas LGBTIQ+ creyentes, es bastante común esta sensación de parecer una estafa -en especial entre los que desempeñamos en momentos alguna tarea pastoral. No en vano, en nuestro secreto interior mantuvimos una encarnizada lucha entre quien se supone que deberíamos ser -y así lo interpretábamos en nuestra trágica-cómica vida- y lo que realmente éramos -¿a quién pretendíamos engañar?- porque era inevitable autoaceptar nuestra identidad sexual o por el contrario arrancarla de cuajo y resignarnos a ser lo que la sociedad de bien y la religión esperaban de nosotros, enterrando nuestro yo real para perpetuar una vida de mentira.


Meditando ahora la lectura de Lucas, vienen a mí los días en que me alejé del Jordán y las corrientes de Enón. Ese momento supuso un tiempo de dolor y soledad, de ruptura y desierto, pero también un punto más en el que tomé decisiones y desde el que me puse en búsqueda hasta colocarme a tiro de Dios mismo.


Las personas LGBTIQ+ creyentes hemos sorteado incontables crisis de fe en nuestras vidas. Que ahora podamos dar testimonio de las proezas que Dios ha hecho en nosotras y nosotros, forma parte de un largo camino de descubrimiento personal no exento de tiempos de desconsuelo. Todo esto viene a mi pensamiento para poner de manifiesto que, quizá, nadie mejor que los creyentes LGBTIQ+ podemos dar fe de cuánto nos ama Dios, porque pocas personas han luchado tanto y tan a contracorriente para salvaguardar la fe, incluso cuando hubo tantas razones para abandonarla definitivamente.


Por eso mismo puedo decir que fui bautizado con agua, pero detrás de un instante en el que me sentí un mierda, una piltrafa, -porque no terminaba de aceptarme a mí mismo, porque tenía miedo de mostrar mi identidad, porque no sabía leer los renglones torcidos de Dios-, detrás de ese momento en que me sentí una estafa como persona ante esos jóvenes que me escuchaban, estaba la gran oportunidad de ser acogido por el Creador, otra vez.

Yo sé lo que significa ser bautizado con el Espíritu Santo y fuego, y conmigo muchas personas LGBTIQ+ creyentes, una vez sanadas las heridas, han experimentado la fuerza de Dios en sus vidas. Ahora podemos dar testimonio de que hemos nacido de nuevo en ese bautismo que no viene de Juan sino de Dios.


Nacer de nuevo es dejar atrás una vida de temor, engaño y dudas, y a cambio comenzar a confiar plenamente en Dios.

Nacer de nuevo es también entrar en un continuo compromiso con Jesús, aceptando el riesgo de ser su testigo en terrenos a veces poco propicios.


Juan anuncia en el texto de Lucas que detrás de él viene quien de verdad puede transformar las vidas, poniendo en valor los dones recibidos, sin renunciar a nada, dando gracias por lo que somos, obra suya. Y en el bautismo Jesús participa con todas y todos -también con las mujeres y los hombres LGBTIQ+- la alegría de ser hijas e hijos amados por Dios. El Padre sin duda se complace en nosotras, se alegra en nosotros, nos ama. Y esa es, precisamente, la mejor de las noticias.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego."

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto." 

enero 04, 2025

CLXV PALABRA

 


Sobre Juan 1, 1-18



El inicio del Evangelio de San Juan parece un tanto intrincado, complejo. Siempre me sobrecogió, desde niño, como si se tratara de un texto que guardase cierto significado profundo y secreto que quizá algún día fuese capaz de descubrir y entender.


Creo que empecé a comprender lo que contaba Juan a medida que fui siendo capaz de escuchar la voz de Dios llamándome a ser yo mismo. No podía ser que en el principio ya existiese la Palabra y me mantuviese en silencio.


Para muchas personas LGBTIQ+ cristianas no hay un principio donde ya exista la Palabra ni tampoco que la Palabra esté junto a Dios. Porque lo que nos cuentan sobre Dios y lo que Dios quiere, golpea hasta sangrar con lo que somos: lesbianas, gays, bisexuales, transexuales… 

Y —nos dicen— si eres LGBTIQ+ vives en las tinieblas, la Palabra no es para ti.


Cuando dejé de creer eso pensé que había dejado de creer también en Dios mismo. Mi historia, como la de tantas personas LGBTIQ+, es una continua búsqueda de Dios. El mayor riesgo de perder la fe sucede cuando se confunde lo que Dios dice con lo que dicen los que hablan oficialmente de Dios. 


Superar la religión con el fin de descubrir al Padre es un perfecto ejercicio de fe, sobre todo para quienes a menudo hemos sufrido —y sufrimos— la doctrina que muchas veces se antepone al Evangelio mandándonos al infierno.


El reencuentro con Dios fue el detonante de mi salida efectiva del armario, como lo es para muchas personas LGBTIQ+ cristianas. 

Tomaban forma los versículos misteriosos del Evangelio de Juan. Me situaba en el principio, y ahí estaba la Palabra, y la Palabra era Vida, y era la Luz que había disipado las tinieblas.

Pero algo más entrañable sucedió: era verdad que la Palabra se hacía carne, se hacía débil, se hacía formidablemente humana. Dios humanizaba a Dios, y en su Hijo hecho ser humano estaba incluido yo, a imagen de Dios. 


Hay algo más en estos versículos de Juan. Un asunto que —recuerdo— me hacía albergar ciertas esperanzas en que Dios no fuese tan cruel con las personas LGBTIQ+ como me hacían ver. 

Dice Juan que «a Dios nadie lo vio jamás». Y agrega que el Hijo de Dios —Jesús— es quien nos lo ha dado a conocer. De ahí mis esperanzas, pues si sólo Jesús es quien puede ofrecernos una imagen de su Padre fidedigna, Dios no puede más que ser alguien inmensamente misericordioso. 


La vida y la Palabra de Jesús son la imagen de Dios. Ni la doctrina, ni la religión, ni la tradición son el rostro del Padre.

Quizá por eso el papa Francisco insiste tanto en que hagamos tangible la misericordia, que seamos personas misericordiosas, sin miedo. 


La misericordia es auténtica Palabra. Dentro del armario se crea mucho rencor, se acumula mucho resentimiento. Pero fuera, a este lado, se descubre la alegría del Evangelio y todo se transforma en perdón, se palpa la Palabra que está junto a Dios, que es Vida, que es Luz y se hace carne frágil, acampa en medio para redimir con especial predilección a los más débiles, a los oprimidos, a los perseguidos, a todas y todos los que habitan en las fronteras del mundo, pero también de la Iglesia.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. [Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.] La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. [Juan da testimonio de él y grita diciendo: "Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."" Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.]